Prehistoria de Méjico

Hasta principios del siglo XVI, Méjico no existía ni como un Estado, ni como Nación, ni como Patria.
Además no existía ninguno de los elementos necesarios para que llegara a ser ni Patria, ni Nación, ni Estado.
El territorio de lo que después fue el Reino de la Nueva España era poco conocido y escasamente poblado por un conjunto confuso de entidades, colectividades, pueblos o tribus, en mayor o menor grado de barbarie, a las cuales los españoles llamaron -por darles algún nombre- reinos, repúblicas, señoríos y cacicazgos.
Estas colectividades tenían dioses diferentes. Hablaban multitud de lenguas o dialectos. Se regían con diferentes sistemas o grados de relaciones o de sumisión unas con respecto a otras, e irreconciliablemente enemigas o en guerra continua otras.
En el Valle de Méjico se encontraba la entidad más poderosa y su Capital, la Gran Tenochtitlan, con una zona de influencia o dominio más o menos estrecho que se extendía desde el Golfo de Méjico, con Veracruz y Tabasco, hasta el Océano Pacífico con Guerrero y Oaxaca.
Pero muy cerca de la gran Tenochtitlan, en el mismo Valle de Méjico y actualmente, sólo barrios de la Ciudad de Méjico, estaban los reinos de Tacuba, Atzcapotzalco e Iztapalapa. Pero más alejados, pero dentro del mismo Valle de Méjico, los reinos de Xochimilco y Texcoco. Y también muy próximos los reinos de Cholula y Huejotzingo, y un poco más retirada la república de Tlaxcala, Más allá, se encontraba el reino de Michoacán, y al Sur los reinos de los mixtecas y de los zapotecas. Entre todos estos, muchos cacicazgos y señoríos. Y en el inmenso Norte, sólo tribus nómadas.
Los habitantes de cada una de estas colectividades estaban sometidos a un déspota y a unos cuantos señores, cuyo poder era ilimitado sobre vidas y haciendas; y todo este caos de entidades, más o menos sujetas o víctimas de la tiranía brutal y sangrienta del llamado Imperio Azteca.

“¿Había realmente un Imperio Azteca? Evidentemente no. Lo que había era un predominio de los aztecas, ya por vínculos de confederación con otros pueblos vecinos, ya por haber logrado una serie de brillantes campañas consiguiendo que fuera reconocida su potencia militar y que le pagasen tributo pueblos de lugares muy remotos. La verdad era que el país no contenía elementos unificadores para la creación de un Estado”.

Carlos Pereyra. “Historia de la América Española”.

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La religión de todos esos pueblos estaba basada o se reducía a una idolatría sanguinaria y feroz, llena de diabólicas supersticiones. Los sacrificios humanos llegaban a ser continuos y verdaderas hecatombes. Prevalecían el canibalismo, la sodomía y la embriaguez.
El fin principal de las continuas guerras que sostenían dichos pueblos era el de hacer prisioneros para sacrificar a los dioses, además de multitud de niños, mancebos, doncellas. El destino que normalmente esperaba a los desdichados moradores de esas tierras era la más abyecta esclavitud, o el ser sacrificados en honor de los ídolos,  cada vez más sedientos de sangre. Sólo para la dedicación del Templo Mayor de Tenochtitlán, aseguran los autores más modernos, se sacrificaron veinte mil víctimas, pero otros elevan su número a ochenta mil.

“De cuando en cuando se levantaba un nuevo templo. Cada nuevo monarca necesitaba el suyo, como los faraones y, entonces, el pueblo esclavo y los cautivos concurrían sin recibir salario alguno, en multitudes profundas, a la obra de los caudillos… El culto a los dioses tomó enormes proporciones. Dos o tres coincidencias entre las hecatombes humanas de los templos y el fin de alguna calamidad, acrecentaron por tal modo el prestigio de las deidades antropófagas, que los sacrificios fueron matanzas de pueblos enteros de cautivos, que tiñeron de sangre la ciudad y a sus pobladores: de todo ello se escapa un vaho hediondo de sangre. Era preciso que este delirio religioso terminara. Bendita la cruz o la espada que marcasen el fin de los ritos sangrientos.”

Justo Sierra. “Evolución Política del Pueblo Mexicano”.

“Era esta tierra un traslado del infierno; ver los moradores de ella de noche dar voces, unos llamando al demonio, otros borrachos. Todos estaban con las mujeres que querían y había alguno que tenía hasta doscientas mujeres y de allí abajo cada uno tenía las que quería y para esto los señores principales robaban todas las mujeres, de manera que cuando un indio común se quería casar, apenas hallaba mujer…”

Fray Toribio de Benavente (Motolinía) “Historia de los Indios de la Nueva España”.

“Pues comer carne humana, así como nosotros traemos vaca de las carnicerías; y tenían en todos los pueblos, de manera gruesa hechas a manera de casas, como jaulas, y en ellas metían a engordar muchos indios e indias y muchachos, y estando gordos los sacrificaban y comían y demás de esto, las guerras que se daban unas provincias y pueblos a otros, y los que cautivaban y pretendían los sacrificaban y comían. Pues de borrachos, no lo sé decir, tantas suciedades que entre ellos pasaban. Pues tener mujeres, cuantas querían… Tenían otros muchos vicios y maldades…”

Bernal Díaz del Castillo. “Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España”.

En cuanto a cultura y civilización, dichos pueblos desconocían la escritura fonética, y sólo usaban la de caracteres y figuras, o sea la jeroglífica. Desconocían el uso industrial y mecánico de la rueda, y no trabajaban el hierro. En general, desconocían las ciencias, las artes y oficios e industrias de Europa.
No tenían animales de tiro y carga, ni ganado vacuno, porcino, caprino o lanar y carecían de los principales cereales.
En cuanto a derecho, los macehuales o gente del pueblo no lo tenían ni a la vida ni a cosa alguna.
Por todo lo anterior se comprende fácilmente cómo faltaban todos los elementos para alcanzar una cultura y civilización elevada y abundaba en esas colectividades todo aquello que hace caer a los pueblos en un estado cada vez más bárbaro y salvaje.
Era de todo punto necesario destruir esa abominable práctica idolátrica y sanguinaria con todas sus supersticiones. Era necesario destruir los vicios nefandos y las maldades que practicaban esos pueblos primitivos y bárbaros. Era por último necesario destruir esos poderes despóticos, sin límite alguno. Destruirlos por medio de la ley natural y la ley divina. Destruirlos por consideraciones del bien común, para construir sobre sus ruinas el grandioso edificio llamado el Reino de la Nueva España.

Tomado del libro: “Nacimiento, Grandeza, Decadencia y Ruina de la Nación Mejicana” Pedro Sánchez Ruíz.

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