Carlismo para Hispanoamericanos (parte 1 de 4)

Introducción

Quienes tuvieron la paciencia de seguirme el año pasado ya saben que, según una síntesis del profesor Francisco Elías de Tejada, que podemos hacer propia, el carlismo se caracteriza por tres factores: una bandera dinástica legitimista, que personifica la continuidad histórica de las Españas y se hace consciente abrazando la doctrina tradicionalista.

La bandera dinástica, en efecto, permitió corporeizar y encarnar los otros dos elementos, que sin ella probablemente se hubieran disuelto o no hubieran pasado de una société de pensée. La continuidad histórica, por su parte, consintió trascender la fragmentación que caracteriza los tiempos modernos: la vieja España (las viejas Españas) pervive a lo largo del tiempo y a partir de ella el tradicionalismo hispánico, en el surco de la segunda escolástica, se desenvuelve libre de la ponzoña de las ideologías. Aunque, entre tanto, el pensamiento moderno, y tomamos el término (conforme hemos dicho en otras ocasiones) en un sentido axiológico y no simplemente cronológico, haya portado a la disolución del orden teórico y práctico de la Cristiandad, imposibilitando la unidad según síntesis de éste, y aislando a la postre la terquedad hispana.

La singularidad del Carlismo

Quizá no se haya resaltado lo suficiente esa singularidad que aleja al tradicionalismo hispánico, al carlismo, de nacionalismos, sindicalismos, autoritarismos y otros ismos varios. Pues el modo de pensamiento ideológico, ligado a la afirmación del Estado moderno, que es distinto de la comunidad política natural, absolutiza perspectivas de pensamiento parciales, que pone seguidamente al servicio de una acción uniforme total. Solo así pudo confundirse por algunos, al comienzo, el carlismo (que es esencialmente monárquico y, si quisiera jugar con las palabras, absolutamente monárquico) con el conservatismo tocado de ilustración que fue el “absolutismo monárquico”. Como luego, con el correr del tiempo, sólo con grueso error pudo aparecer a otros alentando detrás de los nacionalismos particularistas peninsulares. E incluso, más cerca de nuestros días sólo ese cuadro acierta a explicar el intento de asimilarlo en el confusionismo de partidos únicos de nombres inarticulados y larguísimos. O de convertirlo en una suerte de socialismo autogestionario de matriz progresista en el seno de un frente de fuerzas en su mayor parte marxistas. En todos estos casos, y en otros que pudieran haberse colacionado, siempre despunta la ideología, omnipresente en el contexto intelectual de la modernidad, aunque algunas de sus formulaciones históricas más características parezcan hoy periclitadas: de ahí el espejismo del “ocaso de las ideologías”.
El carlismo, en cambio, como continuidad del orden pre-estatal de la Cristiandad, conservado en los pueblos hispánicos y personificado en una dinastía legítima, resulta ajeno al canchal de las ideologías. De ahí que armonice en su seno aspectos que en el mundo moderno resultan, si no opuestos, por lo menos en equilibrio inestable. Y de ahí que, en la práctica política si no le ha resultado difícil encontrar afinidades parciales y temporales con múltiples fuerzas políticas, de los republicanos a los federalistas o a los monárquicos alfonsinos “tradicionalistas”, a la postre no le es fácil entrar en “frentes” que se pretenden integrales. Porque no se me acuse de un lenguaje demasiado alusivo y, al final elusivo: con frecuencia se sigue reclamando del carlismo la adhesión a coaliciones o alianzas con fuerzas políticas que se autodenominan “nacionales”, al objeto de hacer frente al avance de la Revolución; sin embargo, tales fuerzas han nacido y siguen siendo revolucionarias formaliter loquendo (como el falangismo), o más allá de lo que tienen de sana reacción frente a los más punzantes errores modernos se presentan como un sincretismo de matriz moderna y signo sólo conservador (como el falangismo).

Un escolio entre afines

En esto el cambio de los tiempos no ha ayudado. Pues con la Falange hubo un intento de maridaje (impuesto), no querido por ninguna de ambas partes, pero que podía tener su explicación en tiempos bélicos y de confusión doctrinal característicos de lo que se han llamado los “fascismos”. Poco a poco se vio la profunda incompatibilidad no sólo de doctrina, sino incluso de estilo, a partir del origen acatólico del falangismo. Hoy, la pervivencia, de éste resulta incluso anacrónica, a la luz de una visión profunda de la historia y sus tendencias, lo que hace más clara la falta de necesidad de un frente que aglutine fuerzas de orígenes tan distantes y distintos. El franquismo, más o menos renovado, de un lado, no ha podido liberarse del influjo falangista, mientras que de otro reclamaba la herencia tradicionalista principalmente en sede de lo que se ha llamado (con término en realidad impreciso) confesionalidad católica del Estado. No sólo el cambio que siguió en este punto al II Concilio Vaticano, sino el de las propias circunstancias sociales han ido empujado suave pero inexorablemente a los portavoces de esta línea a un “humanismo de inspiración cristiana”, propia, aunque quizá inconscientemente demócrata-cristiano, coloreado de elementos nacionalistas y populistas, con el que al carlismo le ha resultado cada vez más difícil entenderse. Un último factor que ha retraído a las autoridades de la Comunión Tradicionalista de suscribir acuerdos con las mentadas fuerzas es el de la exigüidad de los efectivos de todos, incluida aquella. Puesto que las coaliciones o frentes se postulan siempre con vistas a procesos electorales, de su enjuiciamiento prudencial no puede excluirse el carácter conducente o no al fin para el que se diseñan y hoy más que nunca políticamente la suma de ceros da cero. Nada de lo anterior obsta al mantenimiento de cordiales relaciones personales con quienes militan bajo esas banderas; lo único que venimos reclamando con reiteración es que no se nos pretenda “unificar” de nuevo a la fuerza.

Máxime cuando el tradicionalismo político español ha realizado durante el siglo XX, y al tiempo que su entramado popular vivencial decrecía y se agostaba, como para demostrar una vez más que la reflexión filosófica sobre la política es un saber de crisis, una depuración doctrinal hondísima que ha alcanzado no sólo a los condicionamientos del neotomismo finisecular (del ochocientos), sino que incluso ha incluido las ambigüedades de la escolástica áurea y argéntea.

Puede que algunos les parezca extravagante este preámbulo, pero les aseguro que, de una parte, introduce cuestiones que han de volver en lo que sigue, y de otro aborda derechamente un obstáculo de comunicación que los carlistas solemos tener en Hispanoamérica más que en ningún otro sitio, desde luego sin parangón con la Vieja Península del otro lado del Atlántico, pues buena parte de nuestros amigos, por razones que no entro a juzgar ahora, son víctimas del espejismo denunciado en el escolio. En todo caso, tómelo como inherente al estilo oral, que a veces vuela con excesiva libertad.

Una retrospectiva histórica

Lo anterior habrá servido, cuando menos, para mostrar de un golpe algunas de las dificultades de que se presenta erizado el tema que se me ha confiado, en continuidad con el del pasado, para este año. A mi juicio el argumento puede abordarse en retrospectiva o en prospectiva.

Así pues, la primera observación concierne a la historia. Que a su vez puede contemplarse desde distintos ángulos, por ejemplo el de entrecruzarse de la historia del carlismo con la americana. A este respecto existen meritorios trabajos, singularmente en este Río de la Plata, pienso en Bernardo Lozier, pero también en la otra orilla de nuestra común Nación. De todo el haz de hechos que pudieran evocarse a este respecto quizá resulte ejemplar el del viaje de S.M.C. Don Carlos VII, tras la derrota de la tercera guerra, por este Ultramar, en el que fue recibido por honores de Jefe de Estado en Colombia como en Chile y en la Argentina como en Brasil.

Pero no es ese el terreno en el que quisiera entretenerme y entretenerles. Prefiero situarme en un ámbito que toca más bien las categorías generales. Porque el carlismo no es ajeno a la lectura de la historia, singularmente la contemporánea, y la lectura de la historia requiere del andamiaje de las categorías historiológicas, o cuando menos historiográficas.

Don Federico Suárez Verdeguer, carlista luego rallié a la monarquía liberal, quien sabe si merced a la gravitación del instituto secular al que pertenecía, que -ahora puede decirse- le impuso por aquellas fechas la capellanía del entonces niño que hoy vive en el Palacio de la Zarzuela, en todo caso amigo siempre admirado de quien les habla, realizó en los últimos años cuarenta y primeros cincuenta una profunda revisión de la historia contemporánea española que resulta oportuno recordar aquí. La interpretación dominante de la crisis política del antiguo régimen y los balbuceos del régimen liberal, esto es, el periodo que se extiende entre 1800 y 1840, hasta entonces había venido lastrada por la limitación sectaria de las fuentes, excluidas las no liberales, y por la repetición acrítica de las mismas.

Siendo grave la primera de las deficiencias, la más nociva con todo era la segunda. Pues hubiera bastado incluso la reflexión problemática a partir de las fuentes de parte comúnmente utilizadas para que hubieran emergido netas las contradicciones, en suma, las falsedades. Frente a la presentación corriente de un carlismo sinónimo de absolutismo, conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno, y un liberalismo identificado con todos los bienes, sin sombra alguna de mal, el sabio historiador español descubrió por el contrario la existencia de tres actitudes, descritas inicialmente como conservadora, innovadora y renovadora.

Tales etiquetas por el momento, no responden tanto a los nombres con que son conocidas en los manuales de historia, sino más bien a una percepción de las tendencias fluidas que se encontraban en la sociedad española. Veámoslo un poco más a menudo.

En primer lugar puede aislarse un primer grupo humano de acuerdo conscientemente con la gobernación borbónica de finales del XVIII. Grupo reducido, pero selecto, integrado en buena parte por el alto clero y la nobleza cortesana, ha sido ganado por los ideales de la Ilustración. Regalistas en materia religiosa, centralistas en cuanto a la política territorial, indiferentes a las (decadentes) instituciones representativas tradicionales, que ven como una rémora o un residuo del pasado caduco. Cuando decimos conservador, pues, estamos diciendo en el sentido de conservación de un antiguo régimen ahormado por el absolutismo monárquico devenido en despotismo ilustrado. Es decir, un primer acto, luego tantas veces repetido de lo que Balmes definió un conservatismo que conserva… la revolución.

Las otras dos actitudes, por contra, se presentan inicialmente acomunadas por las ansias de reforma, pero ahí terminan sus semejanzas, abriéndose en cambio sus radicales diferencias. Porque el reformismo sólo implica un deseo de cambio, que puede encaminarse hacia senderos no sólo diversos sino aún divergentes. Eso es lo que ocurrió. Pues la denominada innovadora buscó la salida a la evidente crisis en la cancelación de la situación presente a comienzos de siglo, sí, pero también en la de la tradición española de la que ésta era desleída heredera. Grupo igualmente reducido, sus fuentes probablemente no eran tan distantes de las del grupo precedente, pero se iban a encaminar con más resolución a atajar la coyuntura. En tal sentido, eran igualmente regalistas (cuando no directamente anticristianos) y centralistas, y en cuanto a la representación postulaban una representación nacional diferente netamente de la estamental hasta entonces vigente, aunque (como ha quedado dicho) decadente. Son los que podríamos apodar de liberales.

La actitud renovadora, por su parte, no dejaba de ser leal al Rey, aunque coexistiendo con una difusa crítica a su gobierno. Católicos sinceros, amantes de los fueros y libertades locales y ligados a las instituciones tradicionales en que se basaba la vieja representación, puede decirse que la mayor parte de la población, con mayor o menor conciencia y vigor, pero en todo caso, engrosaba este grupo, que fue conocido como realista y concluyó en el carlismo.

tortosa

“Carlismo para hispanoamericanos” Miguel Ayuso.

 

 

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