Carlismo para Hispanoamericanos (parte 2 de 4)

…Que supone una nueva lectura…

La anterior presentación, por escueta que haya sido, rompe la bipolaridad absolutismo (a la que se adscribe al carlismo) y liberalismo, cargado éste de todas las valencias positivas mientras se atribuyen aquel todas las negativas.

Para empezar muestra una mayor proximidad entre absolutismo y liberalismo que la que estamos acostumbrados a encontrar, así como distingue el realismo netamente de los anteriores. Que entre absolutismo y liberalismo se da una íntima continuidad no es ningún secreto desde que Tocqueville lo hubiera tematizado en su libro L’ ancien régime et la Revolution, menos conocido que La démocratie en Amerique, pero no menos importante. Desde un ángulo teorético está igualmente bien asentado que el esquema de Locke o Rousseau, al que se acogen hasta el día de hoy todos los liberales que en el mundo han sido, respectivamente en su versión inglesa o francesa, no son en el fondo sino revisiones del de Hobbes, padre de la ciencia política moderna y forjador del Leviatán del Estado moderno, nacido con las monarquías absolutistas. Pero es que en la historia hallamos constatación de tales nexos. Ciñéndonos tan sólo a la de la España peninsular, en el periodo crucial de la guerra con Napoleón, en primer lugar, es de observar la naturaleza religiosa y patriótica (en sentido tradicional) que la anima inscribible por lo mismo en el seno espiritual del “realismo”, mientras que liberales y absolutistas o son “afrancesados” o (como escribiera Menéndez Pelayo) sólo por una loable inconsecuencia” dejaron de afrancesarse. Pero sobre todo, en segundo término, es en la llamada significativamente por los liberales “década ominosa” cuando encontramos una evidencia aún más contundente: pues en apariencia los liberales están siendo perseguidos, los absolutistas están sentando las bases del régimen liberal, a comenzar por la reforma administrativa, militar y hacendística, pero sobre todo con el golpe de estado legislativo que abrió la sucesión femenina, instrumental indiscutiblemente a la instauración del nuevo régimen. Por algo puede haberse dicho que éste debe más a la “década ominosa” (1823-1833) que al “trienio liberal” (1820-1823), esto es a un período considerado absolutista que a otro que encarna el liberalismo más extremo.

Para seguir con la singularidad de un realismo, eminentemente popular y al inicio principalmente espontáneo y no formalizado, pero que pronto hallamos cuajado doctrinalmente (todavía no siempre terminológicamente) en el “Manifiesto de los Persas”, de 1814, contrafigura de la Constitución doceañista, y movilizado militarmente en 1820, contra el trienio, en lo que Rafael Gambra llamó “la primera guerra civil de España”, para postular decididamente a Don Carlos contra Fernando VII a partir del “Manifiesto de la federación de realistas puros” en 1826 (en plena “década ominosa”, nueva anomalía carente de sentido en la lectura heredada) y terminar propiamente en el carlismo a la muerte del Rey Fernando en 1833, una vez intentada la usurpación luego consumada. Mas allá de la falta de depuración de algunos conceptos (ya dijimos que la profundización de la teorización tradicionalista se ha ido produciendo conforme iba debilitándose la vivencia), el tradicionalismo político español está en pie con el lema “Dios-Patria-Rey”, que más adelante se perfeccionaría en “Dios-Patria-Fueros-Rey”.

…Y su traslación americana

¿Podríamos trasladar a la América hispana una reconstrucción semejante?

Para la escueta respuesta afirmativa, desde luego, se alza ante nosotros una indisimulable dificultad inicial, a saber, la mediación de la “cuestión nacional”, en el fondo ni siquiera aún a la sazón, dejémosle pues en la “cuestión de la independencia”. Que distorsiona los esquemas, dándoles un sentido del todo diverso, y que fuerza una solución más matizada. Por eso nos aproximaremos con cautela, no digo sinuosamente, que no es el caso, pero en cierto sentido prudentemente.

Es cierto, lo acabamos de apuntar, que también en la península ibérica los primeros pasos de la revolución liberal coincidieron, desde luego de otro modo, con la cuestión “nacional”, mejor también aquí la de la “independencia”, que así se llama la guerra suscitada por la resistencia ante la invasión napoleónica. Subrayo lo de antinapoleónica, pues -pese a una distorsionada historiografía dominante- no se trató tanto de una guerra contra el francés como contra el hereje, ya que los franceses que venían con Napoleón eran -así rezaba un catecismo patriótico de la época- “modernos herejes pero nietos de antiguos cristianos”. Por lo mismo que los franceses que llegaron con el Duque de Angulema apenas unos pocos años después, a reponer en 1823 al Rey y a liquidar al tiempo al régimen liberal, fueron recibidos con entusiasmo popular. Otra cosa es el comportamiento decepcionante del Rey Fernando tanto en 1814, derrotados los franceses (liberales), como en 1823, derrotados los liberales por los franceses (católicos). Como otra también la habilidad de los liberales para sacar tajada en todo momento, desde 1812, aprobando una constitución hechura de las ideas que el pueblo estaba combatiendo en los campos de batalla, hasta 1833, aupándose al poder con la sucesión femenina. Ello conduciría a relativizar la importancia del factor nacional, o más bien, a ponerlo en su sitio, pues los liberales que estaban en la Península lograron -cuadratura del círculo- establecer el liberalismo al tiempo que combatían a los heraldos del mismo.

No muy diferente es lo realmente ocurrido en América. Donde al inicio encontramos Juntas que protestan defender al Rey y a la Familia Real, secuestrados por Napoleón, mientras rechazan al hermano de éste. O donde también se vitorea al Rey y se rechaza en cambio el mal gobierno. Luego llegarán las justificaciones pseudo-escolásticas ampliamente estudiadas por Carlos Stoetzer. O la retórica nacional. En puridad, debajo del gran torrente de los acontecimientos, está la fuente de las ideas liberales, de los intereses económicos y de las potencias extranjeras.

Por eso, no es desacertada la visión que encuentra la raíz de la secesión no, desde luego, en la resistencia a una opresión trisecular, sino en la contienda fratricida prendida con ocasión de la mentada invasión napoleónica y que escinde tanto a unos españoles que viven en una vieja península ibérica de otros trasplantados a América, pero también a estos entre sí, como a aquéllos entre sí. Contienda en la que se dieron toda suerte de confusiones y en la que en ocasiones fue dado, sí, ver a “realistas” masones y liberales juntos con “criollos” católicos y tradicionales. Pero en la que lo común fue encontrar al pueblo sosteniendo la causa del Rey frente a unos libertadores de los que no esperaban conservaran la libertad cristiana sino instauraran la opresión liberal.

Los testimonios son múltiples y se hallan por doquier. Evoco tan sólo el del general Joaquín Posada Gutiérrez, tan próximo de Bolívar. “He dicho poblaciones hostiles [a la liberación independentista], porque es preciso que se sepa que la Independencia fue impopular en la generalidad de los habitantes; que las clases elevadas fueron las que hicieron la revolución; que los ejércitos españoles se componían de cuatro quintas partes de hijos del país; que los indios en general fueron tenaces defensores del gobierno del Reino, como que pretendían que como tributarios eran más felices que los que serían como ciudadanos de la República”. Sólo olvida mencionar a los negros, casi unánimemente realistas, como ha demostrado en un estudio original el historiador boyacense Luis Corsi Otálora. Por eso, Ilustración liberal, masonería (sobre todo) inglesa e intereses de la plutocracia son los elementos principales de los procesos de secesión. El presidente colombiano López Michelsen, por no salir del ámbito de la Nueva Granada, habló por lo mismo en un ensayo notable de “la estirpe calvinista” de las instituciones republicanas.

No sería fácil extender, con los matices pertinentes, el juicio a toda América. La Corona, durante tres siglos, había sido el garante -ha dicho en un notable texto Ricardo Fraga- de la continuidad institucional, la unidad política y la totalidad territorial. Por eso la inacción e incomprensión fatales del rey Fernando VII ante lo que ocurría permitió el desbordamiento centrífugo de los gérmenes disgregadores de variado orden represados sin un solo soldado hasta entonces por la Corona. A partir de lo que Marius André, en un libro famoso prologado por Maurras y en la versión castellana por mi maestro Eugenio Vegas Latapie, llamó “las guerras civiles de la revolución” no sólo se tornó inviable el retorno de la monarquía y con ella de la continuidad, sino que naturalmente se inició (aunque no apareciera en los programas iniciales) “la secesión de la secesión”. Lo escribió el nicaragüense Julio Ycaza Tigerino: “la Independencia hispanoamericana no es solamente la separación de España, es un desmoronamiento total, como el desgranarse de una mazorca de pueblos. No es un movimiento de las provincias americanas contra la metrópoli, sino muchos movimientos. Ni una sola gran independencia sino muchas pequeñas independencias. Y todavía después de 1821 el proceso de desmoronamiento seguirá dentro de las mismas patrias independientes. Todas quieren ser independientes unas de otras, y en Centroamérica se llega hasta el ridículo de dividir la ya pequeña patria, recién separada de Méjico, en cinco minúsculas repúblicas.
Y es que la Independencia no fue otra cosa que el estallar del individualismo español, perdida la fuerza centrípeta del ideal hispánico que unificaba aquel inmenso Imperio. Por eso el proceso de la independencia no terminó con la separación de España. Siguió más allá en América con la separación entre sí de las provincias que formaban el Imperio Mejicano, la Gran Colombia y el antiguo Virreinato del Río de la Plata, y es el mismo que en España alienta aún bajo el separatismo vasco y catalán”.

Historias paralelas

Pero no es objeto de esta charla el asunto de la Independencia americana, que un tanto frívolamente he abocetado en lo anterior con trazos en exceso gruesos. Ahora bien, tirando por elevación, podríamos obtener una conclusión de un cierto interés relativo al paralelismo de las historias española (tomando ya el término en su triste sentido restrictivo) e hispanoamérica.

No sorprenderá lo anterior si referido al período anterior a la creación de las Repúblicas, pues ambas formaban parte de un mismo cuerpo político. Aunque quizá incluso en cuanto a esta fase pudiera encontrarse un sentido más hondo que ese más obvio. Pues desde el primer momento -se ha dicho- los conquistadores y pobladores hacen suya la tierra descubierta y ocupada, la convierten en el centro de sus afanes y pretenden construir allí otras tantas Españas como la que cada uno de ellos llevaba en su corazón. De ahí viene la curiosa nomenclatura de las grandes regiones de la América hispana: Nueva España, Nueva Granada, Nueva Andalucía, Nueva Galicia, Nueva Castilla… en países cuya gran dislocación geográfica en nada podía recordar, como no fuere de un modo simbólico la modesta orografía peninsular. En tal decisión arraigaba un hondo significado, ha dicho el filósofo Jesús Arellano, el de vivir en América históricamente, esto es, integrarla en la propia historia y convertirla en sujeto de historia. Tarea inmensa en que estuvo presente la Corona, pero que también se hizo a un margen de la misma, como impulso ascendente, de abajo arriba, que aquella encauzó y legitimó. Ya en la segunda mitad del siglo XVI existía en América un orden jurídico, político, social asombrosamente fiel trasunto del orden cristiano de España, de tal modo que -por más que venida al mundo en el renacimiento español- puede decirse sin error que Hispanoamérica ha tenido una Edad Media con las mismas características que la peninsular: la del espíritu que le infundieron sus pobladores. Esa es la razón por la que el historiador Rodríguez Casado observase que ninguna ciudad de América fundada por españoles produzca la impresión de tener tan sólo tres o cuatro siglos de historia; por el contrario, las costumbres, el género de vida, nos hace pensar, inmediatamente, en cualquier ciudad europea con diez, doce o quince siglos a sus espaldas. Las capitales, las villas, han sido asumidas tan radicalmente al complejo hispano, están tan entroncadas con lo medieval español como cualquier ciudad castellana o andaluza. Y los hombres y pueblos poseen desde el siglo XVI, incluso en aquellos países que estaban y están habitados por indios, el mismo acervo moral y cultural que los hombres y pueblos de España. Cuando el profesor estadounidense Frederick Wilhelmsen conoció el Ávila del decenio de los cincuenta del siglo pasado, sintió ese espesor de la historia, que falta a su país natal y se quedó a vivir algunos años en esa vieja Ciudad de los Caballeros, que después sería también de Santa Teresa. De modo que Rafael Gambra, el gran maestro del tradicionalismo contemporáneo, pudo decir de él que con pocos había podido sentir el pálpito de una misma tradición común. Ni que decir tiene que Frederick Wilhelmsen, hombre por momentos atrabiliario, pero caballero del ideal, no sólo se hizo monárquico, sino carlista, recibiendo del Rey Don Javier la Cruz de Caballero de la Orden de la Legitimidad Proscrita y disponiendo que sobre su féretro se depositase una boina roja. Perdonen el recuerdo del inolvidable amigo, que frecuentó también durante años este Río de la Plata, donde ganó el aprecio de tantos.

…Y Políticas Paralelas

Donde, sin embargo, el paralelismo histórico que estoy sugiriendo alcanza otro significado menos evidente y por lo mismo más interesante es, claro está tras la separación de los respectivos cursos vitales. Por ello no estará de más que le dediquemos alguna consideración.

Desde luego que, en primer término reviste una gran trascendencia para afirmar la identidad actual del mundo hispánico. El lejano trasterrarse de la civilización hispánica en América no podría resultar aún operante si para el momento de la separación lo español no hubiese ya cristalizado en América. Pues, sea cual fuere la madurez que a la sazón habían alcanzado los pueblos hispanoamericanos, para entonces estaba ya fraguada su personalidad hispánica. De otro modo las grandes corrientes migratorias de finales del siglo XIX y principios del XX habrían alterado hondamente su faz. Lo que no ocurrió. Antes al contrario la asimilación de las masas inmigrantes se produjo principalmente por la vía de la hispanización. Pese a la existencia de minorías (que también se dieron en España) afrancesadas, germanizadas o anglófilas, dependiendo de los tiempos y de los lugares que se avergüenzan de su progenie y que no llegan a cuajar, o lo hacen en la misma forma en que lo hicieron en España afrancesados, germanizantes o anglófilos. De modo postizo y epidérmico. Ajeno al verdadero sentir del pueblo. Esa identidad cultural mantenida tras la llamada “emancipación” se trasluce en los grandes espíritus, tan diferentes por otra parte entre sí, de los peruanos José de la Riva-Agüero o Víctor Andrés Belaunde a los mejicanos José Vasconcelos o Carlos Pereyra, pasando por el colombiano Antonio Gómez Restrepo, el chileno Gonzalo Bulnes o los rioplatenses Ricardo Treyes y Eduardo Madero.

Pero lo que más interesa al objeto de nuestro argumento de hoy, es el paralelismo político. La emancipación política pareciera que debía arrastrar la emancipación vital. Pero, por el contrario, nada de esto ocurrió.

En un primer orden de consideración, roto el vínculo político Hispanoamérica marcha, sin embargo, por un camino similar al de España. Así ya desde el inicio encontramos los mismos procesos a uno y otro lado del Atlántico.

La inestabilidad y el desastre acumunan las caracterizaciones aquí y allá. En ciertos casos los cambios constitucionales se suceden sin cesar, por lo menos en algunos períodos. En otros ni siquiera es preciso cambiar el ropaje de las leyes para que prosiga el carrusel de las revoluciones y las sucesiones de gobiernos. El chileno Bernardino Bravo Lira ha estudiado a este punto muy pertinentemente cómo el mundo hispano ha constituido una suerte de agujero negro para el constitucionalismo liberal, que nunca ha llegado a consolidarse entre nosotros y que, por el contrario, ha venido a resultar una suerte de decorado de cartón de piedra con tecnicismo tudesco Scheinkonstitutionalismus.

A continuación, en segundo lugar, no es de echar en olvido que la divisoria de aguas de los conflictos es también la misma a ambos lados del Océano: el liberalismo contra el catolicismo. Con muchas semejanzas. Pero quizá con una diferencia. Ligada al drama acaecido en Hispanoamérica por causa de la coincidencia de su venida a la vida “independiente” con el auge del liberalismo. Y la pervivencia en España del carlismo como factor de continuidad del viejo orden. No es en verdad pequeña la diferencia. Y no sé si se ha insistido lo suficiente en la misma.

Vamos primero con las semejanzas, que podemos contraer a una observación esencial sobre el pueblo. El veneno liberal se expandirá principalmente por el alto clero y la nobleza, amén de por una burguesía enriquecida en buena parte por desamortizaciones que tienen por objeto -amén del odio a la Iglesia- crear clases pudientes al servicio de la revolución (y, en España, también de la dinastía usurpadora). El pueblo, en cambio, conservará en mayor medida y durante más tiempo la adhesión al entramado de costumbres, instituciones e ideas del antiguo orden. En el carlismo tenemos el ejemplo del capitán Henningsen, aventurero inglés, capitán de Don Carlos durante la primera guerra, quien contaba cómo se podía viajar de Irún a Cádiz, esto es, de norte a sur de la península, alojándose en casas de campesinos, con riesgo de sus vidas sólo con decir que era oficial de Don Carlos. La evolución posterior convertirá buena parte de ese pueblo en masas, a veces incluso revolucionarias. En América no me resisto a evocar la interpretación del Martín Fierro o de las vicisitudes del “Chacho” Peñaloza de mi admirado don Rubén Calderón, a quien acabo de rendir preceptiva visita en su Mendoza querida, también mía, y dónde he disfrutado como siempre de su amistad y de su ciencia, sapientia cordis es la fórmula la filosofía cristiana de mejor ley.

expansión

“Carlismo para hispanoamericanos” Miguel Ayuso.

 

 

 

 

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