Carlismo para Hispanoamericanos (parte 3 de 4)

El Carlismo como diferencia

Y ahora la diferencia. Porque en América, tras los primeros momentos de confusión, quienes quieran rechazar el liberalismo habrán de hacer mil filigranas para evitar comprender en su rechazo a las propias patrias devenidas “naciones”, nacidas en efecto de procesos impulsados por caudillos, unos y otros, tocados por la revolución liberal. Esa es la razón por la que el tradicionalismo carlista -lo he dicho en alguna ocasión, sin ánimo polémico y con pocas esperanzas de ser comprendido- encuentra serios obstáculos en muchos ambientes de América, ganados por el “nacionalismo”, un nacionalismo que si en sede doctrinal podría hallar sin dificultad con aquél amplios puntos de acuerdo -también algunos de desacuerdo por las razones que antes apunté-, no deja de tener delante el obstáculo insalvable de las “fiestas patrias” y los “patricios”. Ese origen parricida y espurio no deja de gravitar inexorablemente en todo y en todos, impidiendo la apertura natural al tradicionalismo, un tradicionalismo que es una doctrina que se hace carne en una historia. La España peninsular, en cambio, cuando se produce la revolución liberal, y bien pronto la usurpación dinástica, aunque mutilada, está hecha. El carlismo por ello es la continuidad de la verdadera España, que se opone a un liberalismo que lejos de ser constituyente de la “nación” (como en América) es allí simplemente instrumento de desmedulamiento y disolución. Permítanme ilustrar lo que vengo diciendo a través de una comparación con el proceso constituyente europeo. En el documento que la comunión tradicionalista, a través de la Secretaría Política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, hizo público el pasado mes de enero con motivo del referéndum para la ratificación del Tratado por el que se instituye una Constitución para Europa, se leía esta contundente afirmación: “La laicidad, o el laicismo, pues no son sino dos versiones de una misma ideología, están inscritos igualmente en el corazón de la “construcción europea”. Como previamente lo estuvieron en la “Constitución” de los Estados modernos, a partir de las revoluciones liberales de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Pero las viejas naciones “nacieron” cristianas de modo que la revolución hubo de aplicarse a cancelar su filiación dejándolas huérfanas. La nueva Europa, nace ya expósita.

Esa coincidencia fatal de independencia y liberalismo es la que impide la definitiva clarificación del problema político. No sólo, entiéndase bien, en cuanto a los primeros momentos del caminar hispanoamericano. Sino respecto de su entera trayectoria. En el viejo mundo el carlismo salvó idealmente la pervivencia de España. Pero no limitó a eso su benéfico influjo. Como guardián del orden de la Cristiandad, que en la confederación de las Españas fue Cristiandad menor y que se redujo en la Comunión Tradicionalista a Cristiandad mínima, impidió que la Tradición católica se confundiera con el “moderantismo” (liberal) de Narváez o con el “conservatismo” (también liberal) de Cánovas… Como impidió que las Repúblicas revolucionarias lograran su consolidación. Así, frente a unos y otras. Levantó no sólo los Ejércitos de voluntarios, sino la Carta de la Princesa de Beira a los Españoles, la defensa de la Unidad Católica en las Cortes o los Fundamentos Permanentes de la Legitimidad del Rey Don Alfonso Carlos. Nada de ello podía ocurrir en América. Donde un Iturbide o un Rosas (sin negar ninguno de sus méritos) no podían entroncar con la íntegra tradición, debiendo limitarse a salvar pedazos de ella. Y donde los propios partidos conservadores (como en Colombia) no dejaban de presentar algunas contaminaciones de la Revolución liberal. Por no hablar de momentos posteriores. Repárese en cambio que, incluso en el siglo XX, pese a sus fuerzas disminuidas, son los carlistas quines transforman un “pronunciamiento” (del Ejército liberal, pues nunca dejó de serlo) en un Alzamiento del pueblo católico contra el proyecto marxista (y liberal) de arrancar el catolicismo de la configuración comunitaria de España. Y quienes contribuyen a que el Estado nacido de la guerra, religiosa, en que se desembocó el fracaso de Aquel lanzamiento, adquiera tintes (y por momentos sustancia) católicos.

Para concluir, podría añadirse todavía una reflexión sobre el distinto tempo de la marcha en ambas orillas de nuestra común nación. Pues, transitando un mismo, y equivocado camino, diríase que haya habido un desfase entre el paso de España y el de América, más rápido en la primera. Esto ya era evidente en los años cincuenta del siglo XX, pues en América todavía se podía conversar con viejos liberales de café, redacción de periódico y casa de huéspedes, mundo fenecido en España veinte años antes. Pero aún lo es más hoy. Y va camino todavía de acelerarse, en unas magnitudes que podrían empezar a poner en riesgo el paralelismo.

Los tres dogmas nacionales de Vázquez de Mella

En el ya mentado proceso de maduración doctrinal y político del carlismo, en su relación con América, hay un hito que no puede ser soslayado. Por la importancia de su protagonista. Y por la significación del empeño. Se trata de la acuñación por Don Juan Vázquez de Mella, quizá el más relevante representante del carlismo intelectual, pero también militante, del primer tercio del siglo XX, de los llamados “dogmas nacionales”. Aunque se refirió a ellos en muchas ocasiones, desde el decenio de los noventa del siglo XIX, los formuló y desarrolló en sendos discursos en el Teatro de la Zarzuela (1915) y en el Círculo del Ejército y la Armada Barcelona (1921). Se trataba, a su juicio, de trabar en un programa de política exterior permanente las energías necesarias para dominar en sus dos orillas el Estrecho de Gibraltar, para unir la Península a través de la federación con Portugal y, a partir de ahí, para alcanzar también la unión con Hispanoamérica. Por tanto no era una pretensión tan imposible sino una reconquista de algo que existió.

No puedo, lamentablemente, en esta conferencia, extenderme en glosar las páginas soberbias y llenas de matices de Mella. Se quejaba amargamente, en primer lugar, de la tutela en que vivíamos en el Estrecho, y no ya por la plaza de Gibraltar, en poder de Inglaterra desde el tratado de Utrecht, sino también por Tarifa, merced a la prohibición contenida también en dicho tratado de establecer fuertes en toda la costa africana nuestra a la sazón. Como también lamentaba, a continuación, el influjo de nuevo inglés sobre Portugal, que podría sustituirse sin perjuicio para sus intereses y con gran ventaja por una federación que respetara su independencia, sólo condicionada por esta política peninsular e internacional. Y, finalmente, terminaba con la convocatoria de los países americanos, también sin merma de una independencia ya asentada durante un siglo (casi dos ahora), a una federación espiritual que los liberara del influjo sajón, inglés y gringo.

Puede verse la lucidez del planteamiento que fija en Inglaterra, más que en Francia, con cuyos intereses insiste en que cabe el acuerdo, el enemigo de nuestro mundo. Como la inserción como ese esquema de política exterior dentro de su visión regionalista y sociedalista. Llega por ello a decir en un discurso en la Semana Regionalista de Santiago de Compostela de 1918: “Imperialismo federativo. En esa forma es donde hemos de unirnos y asociarnos todos para que esa unidad resplandezca y la solidaridad interior se traduzca exteriormente en un ideal común de los tres dogmas nacionales. ¡Luchemos por esa bandera noble, desinteresadamente y triunfaremos; pero hay que impedir a todo trance que se le bastardee para encubrir ambiciones de meros cacicatos!”.

De España a Las Españas

La cruzada de Mella no quedó sin recompensa en el mundo del pensamiento hispano. En España y en América. El término Hispanidad no fue el menor logro. Utilizado por vez primera, probablemente, por el sacerdote vasco Zacarías de Vizcarra, en un artículo publicado en Buenos Aires en 1926, su popularización se debe a Ramiro de Maetzu, que -a la vuelta en su embajada en la Argentina a finales de los años veinte- empieza a perfilarlo en los primeros treinta, consagrándolo en su Defensa de la hispanidad (1934). Poco después Manuel García Morente, tras la súbita conversión en los inicios de la guerra (lo que llamó “el hecho extraordinario”), se lanzará a su conceptualización filosófica en sus Idea de la hispanidad (1938) e Ideas para una filosofía de la historia de España (1942). El inolvidable Rafael Gambra, a propósito de este último libro, en un ensayo sugestivo en extremo, mostró cómo el descubrimiento y aceptación de la fe no libró de sus hipotecas doctrinales al antiguo decano de la Filosofía de la Universidad de Madrid, traductor de Kant y amigo de Ortega; pero implicó, en cambio, de modo inmediato la comprensión de que la historia de España estaba ligada a la Fe católica y que la “europeización” (en el fondo descristianización) era un “imposible histórico”.

Sin desmerecer tales esfuerzos entroncados en la gigantesca y piadosa tarea del coetáneo de Mella y gigante de las letras Don Marcelino Menéndez y Pelayo, lo cierto es que en los “dogmas nacionales” de Mella se podía encontrar una singularidad, con toda seguridad derivada de su adhesión a la dinastía legítima y su pertenencia a la Comunión Tradicionalista: el designio político, el deseo de hacer trascender el plano de los hechos a las ideas. Esa es la grandeza de Mella y esa es la grandeza del carlismo.

Por eso, dentro de la verdadera eclosión de que gozó la idea de la Hispanidad en los años siguientes a la guerra de liberación, hemos de destacar de nuevo el papel del tradicionalismo político en su desarrollo más agudo y ambicioso. Aquí no puede dejar de mencionarse la obra del profesor Francisco Elías de Tejada. Obra escrita, objetivada en un mar de publicaciones, y obra personal, en una red ingente de amigos y discípulos.

Puede decirse que durante muchos años Elías de Tejada fue el gran apoyo de que dispuso el Rey Don Javier, que lo llevó beneméritamente a solas durante mucho tiempo, para el mantenimiento y avance de las relaciones internacionales de la Comunión. Piénsese en lo que implicó la revista Reconquista, aparecida a iniciativa suya en Brasil, en 1949, y que sobrevivió hasta 1955, dirigida por el gran José Pedro Galvâo de Sousa, y que la Comunión Tradicionalista apoyó como propia. O la participación de una buena parte de intelectuales americanos en las actividades del Centro de Estudios Históricos y Políticos “General Zumalacárregui”, fundado también por Elías de Tejada en 1963. Y finalmente la creación, en 1972 de la Asociación Internacional de Iusnaturalistas Hispánicos “Felipe II”, de nuevo ideada y fundada por el gran polígrafo extremeño, que contó con secciones en la Argentina, Brasil, Chile, Perú y hasta los Estados Unidos, encabezadas respectivamente por Don Raúl Sánchez Abelenda, José Pedro Galvâo de Sousa, Gonzalo Ibáñez Santa María, Vicente Ugarte del Pino y Frederick D. Wilhelmsen.

Su obra, por otra parte, constituye una suerte de “menéndez-pelayismo político”, esto es, un intento de la reconstrucción de la historia de la tradición política española empleando los criterios que don Marcelino empleó para rehacer la historia de las ideas estéticas, y no una mera aceptación acrítica de los juicios de éste, tocados por el liberalismo conservador de Cánovas. Un quehacer que desemboca en una teoría de las Españas: “Brazo armado de Cristo sobre la faz de la Tierra (…). Unas y varias, nunca unificadas al ser hijas de la historia y no frutos de ninguna locura matemática de cuño democrático. (…) Integradas por tantos pueblos de tantas peculiares diferencias, unidos en la fe en el mismo Dios y en la fidelidad al mismo Rey”.

La Hispanidad como eje de la política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón

Ya cerca de nuestros días ha sido el abanderado de la Tradición, legítimo heredero de la Dinastía Carlista, y Regente de la Comunión Tradicionalista, S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, quien se ha destacado por situar la Hispanidad en el corazón de su quehacer político. Desde su presencia permanente en Hispanoamérica, que ha recorrido de punta a cabo, y que conoce profundamente en su historia y en su realidad política, social, económica y cultural actuales. Hasta sus escritos. Permítanme recordar ahora tan sólo dos de entre los últimos.

En primer lugar, su Manifiesto de 18 de julio de 2001, quizá el de mayor densidad doctrinal de los por él lanzados: “En las Españas, la Hispanidad repartida por todos los continentes, que ha sido la más alta expresión de la Cristiandad en la historia, radica nuestra principal fuerza. A la reconstrucción de su constitución histórica y a la restauración de un gobierno según su modo de ser debemos dedicar todos nuestros empeños. Desde que una parte creciente de los españoles los olvidara, a partir de los días de la invasión napoleónica, sólo hemos tenido decadencia e inestabilidad. La actuación del carlismo impidió que la decadencia se consumase en agotamiento, quizá fatal. Porque, aunque nuestros antecesores no llegaran a triunfar, su resistencia, aquel ‘gobernar desde fuera’ que practicaron, impidió la muerte de nuestro ser. No puede ser otro el papel de nuestra Comunión, baluarte desde el que confiamos conservar los restos que -si Dios lo quiere-, nos permitan el triunfo, el ciento por uno de nuestros desvelos, además de la vida eterna que es- por encima de todo- lo que deseamos alcanzar. Como escribió mi padre en su Manifiesto de tres de abril de mil novecientos cincuenta y cuatro: ‘Aun con nuestra limitada visión humana, tenemos que aprender que obedece a un plan providencial la conservación sorprendente de esta selección de hombres que a lo largo de un siglo ha mantenido la pureza de sus ideales frente a la persecución, la derrota y el hastío’ de esta pureza de ideales, y no de la cesión a cualesquiera de las tentaciones de adaptación que por doquier nos asechan, ha de nacer la victoria que necesitamos. Que este siglo que comienza sea el de nuestras Españas”.

También resulta expresivo su mensaje inaugural del I Foro Internacional “Identidad y Legado Histórico” celebrado en Santa Fe de Bogotá en 2005: “Nacido en el exilio, como mis antepasados, por la fidelidad a la Causa del tradicionalismo carlista, tal hecho nunca ha supuesto que me apartara de lo que significa la esencia de España y de las Españas. Como vivir en la Madre Patria peninsular me resulta difícil por razones políticas que entenderéis perfectamente, viajar por esta orilla occidental de la Hispanidad, por las patrias hermanas de Hispanoamérica, me hace reencontrarme siempre con la España grande que llevo en el corazón”.iDiBfmi“Carlismo para hispanoamericanos” Miguel Ayuso.

 

 

 

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