Carlismo para Hispanoamericanos (parte 4 de 4)

Carlismo para hispanoamericanos: una prospectiva.

Llegados a este punto, ¿cómo dejar un apunte sobre lo que podría ser el horizonte de un carlismo por todas las Españas, también las americanas?

Me parece que podríamos reducirnos a cuatro grandes aspectos. En primer lugar la relación entre la recuperación de la “patria grande” y la crisis del Estado característica de la modernidad tardía. A continuación, la recuperación de la constitución histórica, para la que el concepto de “fuero” es semilla de grandes cosechas, y que enlaza con la organicidad frente a la pregonada “sociedad civil” del liberalismo globalizador. En tercer término, la rehabilitación de la monarquía como forma del gobierno natural, añorada siempre en América a través de los retazos del presidencialismo, y que al tiempo que asegura la continuidad preserva de la demagogia del populismo. Y, finalmente, la radicación de la Hispanidad en la Cristiandad, que exige reforzar la unidad católica frente a la invasión de las sectas. Como no andamos sobrados de tiempo anudaré -sin forzar demasiado el discurso, tal es su imbricación- el tratamiento de los tres primeros. Para concluir con una breve referencia al cuarto.

El Estado y su signo

El Estado no es la comunidad política. Ésta es intemporal, porque el hombre no puede no vivir en sociedad. Aquél es contingente e histórico, ya que es un artefacto que en los albores de la Edad moderna absorbió el “régimen” en que se organizaba el “gobierno” natural y, por lo mismo, ni ha existido siempre ni puede asegurarse que no deje de existir algún día. Álvaro d’Ors ha explicado con gran penetración cómo “el Estado propiamente dicho aparece en el siglo XVI como reacción superadora de la anarquía provocada en algunos pueblos europeos por las guerras de Religión”. España (o por mejor decir las Españas), en cambio, al “verse afortunadamente libre de estas guerras, no sintió verdaderamente la necesidad del Estado, y por eso la Teoría del Estado- propia de los “políticos”, como se decía entonces- fue mal recibida por nuestros pensadores clásicos, y, de hecho, el Estado sólo se ha ido realizando en España con gran lentitud y dificultad, y siempre impulsado por influencias extranjeras, sobre todo francesas, pues es en Francia donde la idea de Estado alcanzó su máxima racionalización, empezando por la idea de Bodin, primer gran teórico del Estado”.

Son varias las claves que nos ofrece el párrafo del siempre singular (y a veces “heterodoxo”) maestro carlista. La primera es la matriz protestante del Estado y de todo su andamiaje conceptual, de la soberanía al contractualismo. La segunda, es su carácter francés, que diríamos “europeo” con Elías de Tejada. En puridad, y aunque con los Reyes Católicos se apuntara un conato de estatalidad, que todavía no era Estado, el discurrir de la dinastía habsbúrgica (tras unos primeros pasos confusos) se asentó sobre el régimen medieval de la Cristiandad, bien alejado del Estado europeo moderno. Por eso se habló de monarquía hispánica, monarquía plural o incluso de Imperio español. Pues monarquía e imperio son formas naturales de lo político, frente a la artificialidad estatal. El borbonismo introdujo prácticas administrativas, pero tampoco logró implantar el Estado. De modo que la revolución liberal, si en Francia se asentó sobre el fuerte poder centralizador de los reyes, en el mundo hispánico fue simplemente destructiva.

Nación y Estado: ¿quién precede a quién?

El historiador chileno Mario Góngora dejó escrito, a este respecto, que el Estado había hecho la nación, a diferencia de lo acaecido en el Viejo Mundo, en que las naciones habían hecho al Estado. La frase, brillante, tiene su miga pero me parece requerir de algún matiz. Así, para empezar, en lo que toca a América, según se entienda, más que referida (como él hace) a la forja hispánica tras el descubrimiento, es adecuada al período posterior, en que son las incipientes férulas estatales, al modo revolucionario, la que luchan para hacer surgir las naciones. Pero en puridad se podría decir lo mismo de la España peninsular, donde el tambaleante Estado liberal también hace surgir la nación. E incluso en Francia, por escoger el paradigma del Estado, la nación sigue al Estado. Me hago cargo de la perplejidad de muchos ante estas últimas palabras. Que quieren una explicación. Y es que la nación revolucionaria no es la nación tradicional. Hay algunos que prefieren utilizar el término nación para designar la primera, mientras que reservan el de Patria para la segunda. Pero también ese horrible y sanguinario himno que es la Marsellesa habla de “hijos de la patria” para referirse inequívocamente a los revolucionarios. Y el historiador Jean de Viguerie, en libro bien interesante, ha demostrado la existencia de dos patrias, la tradicional y la revolucionaria, sólo aproximadas por el vínculo fantasmal de un lenguaje ideologizado. Hasta el punto de hoy, a su juicio, hasta los defensores de la primera en el fondo son presa de la segunda, que la habrían vampirizado. Es decir, que en Francia y en España el Estado habría creado a través de una gran mistificación (de la tradicional) la nación (revolucionaria). Eso sí, de manera diversa, por lo dicho, pues en Francia la honda de la revolución se remontaría mucho más atrás, aunque 1789 supusiera una exasperación, mientras que en España -como escribió Menéndez Pelayo- “no podía ser orgánica”. Lo que es cierto hasta fechas recientes, aunque por desgracia vaya alejándose cada vez más. Y pese a la pervivencia, por más que reducida a una pusillus grex, del Carlismo. ¿Cuál es pues la diferencia con América? Pues que, si en Francia el Estado se sobrepuso a la nación preexistente, y en España en puridad ni siquiera lo logró, en América coincidió la imposición estatal con la acuñación de las nuevas naciones. Pero sobre esto ya hablamos antes y no quiero reiterarme…
En España el Estado lo fundan los liberales moderados de mediados de XIX (Narváez), los conservadores de la Restauración (Cánovas del Castillo) y el militar liberal difuso que fue Franco. En América habría que hacer un estudio separado para cada una de las repúblicas. Pero el resultado no sería muy diferente.

Los sucedáneos del Régimen (monárquico)

En el mundo hispánico el Estado es antinatural. Por eso, desapareció el gobierno que aseguraba la monarquía, sólo podía abrirse camino el sucedáneo de los caudillos o el en apariencia (quizá sólo en apariencia) más aseado del modelo constitucional presidencialista. En todo caso basados siempre sobre una ausencia de organicidad social. Reparen en que no he utilizado, de propósito, el término “sociedad civil”. Pues resulta anfibológico al expresar, de un lado, la articulación de los cuerpos sociales, mientras que de otro es el paradigma del liberalismo que oculta bajo ese manto la desnudez del business. Hace años lo pusimos de relieve con distintos acentos, en un interesante intercambio de pareceres, Thomas Molnar, Juan Valle de Goytisolo y quien les habla.
Tenemos aquí un buen manejo de temas. Ligados a la nostalgia de la monarquía y al carácter inorgánico del Estado en el mundo hispánico. Charles C. Griffin lo vio con claridad: “En América española la abolición de la monarquía significó una ruptura mucho mayor con el pasado que con el caso de los Estados Unidos, o más claramente aún, en el caso del Brasil. En los tiempos coloniales el rey había sido no sólo la incuestionable fuente de toda la secular autoridad, había sido también el Ungido del Señor… La consumación de la Independencia y la adopción de la forma republicana de gobierno (la monarquía hecha en el país probó ser ilusoria) significaba que había una crisis total del Estado. Los primeros gobiernos republicanos carecían totalmente de la clase de sanción moral que la monarquía española había gozado. Se mantuvieron muchas de las leyes coloniales y los procedimientos, pero el Estado se halló en muchos casos acéfalo y el mito de la soberanía popular no fue efectivo (…)”.
No creo que pueda discutirse, en primer término, la debilidad endémica de los Estados en el mundo hispánico, quizá con la excepción de Chile y ahora (tan sólo en apariencia) de España. Pero claro, la ausencia de Estado se había compensado hasta la independencia con la existencia de factores unificadores (el poder regio, la autoridad de la Iglesia, etc.). Por el contrario, sin ellos, en lo que hace al primero, o por lo menos altamente debilitados, o en cuanto a la segunda, no logrará escaparse de la pura anarquía. De una anarquía todavía agravada por el temperamento hispánico, por la ausencia de sociedades radicadas y por los conflictos constantes. Sobre tal cuadro de desagregación del caudillismo se alza para muchos como la última esperanza. He ahí el populismo. Que pese a los pálpitos de autenticidad, no puede ser en verdad constructivo. Sobre todo porque, aunque busque reaccionar contra la ideologización liberal y su conjunto de intereses, no es capaz de salir de esa atmósfera. De ahí también, al menos en parte, la falsa dialéctica de la política moderna oscilante entre derechas plutocráticas e izquierdas subversivas. Siempre en el marco trazado por las clases burguesas y con el pueblo, (eso sí, cada vez más degradado) fuera, a la intemperie. El populismo, por tanto, aparece como expresión política del caudillismo. Mientras los mantenedores de ideologías tratan, por momentos, de desacreditarlo, y otros, en cambio, de adueñarse del hálito de la vida y del capital político que mal que bien conserva, bastardeándolo hoy el indigenismo como ayer en el marxismo. La vertiente institucional del caudillismo está en el presidencialismo, copiado del modelo gringo, reflejo del régimen (parlamentario) inglés del siglo XVII, donde quedó detenido, sin haber conocido las transformaciones posteriores del modelo, que hoy llamamos parlamentario y que hoy constituye propiamente la contrafigura -ironías de la historia- del presidencial. Pero no siempre se dará el ajuste del caudillo con el presidente, y con frecuencia el presidente estará preso en la red de intereses del sistema. Sólo a veces y por poco tiempo el caudillo-presidente cortará el nudo. Pero nunca será el gordiano.

Las ventajas de la No-Estatalidad

¿Y no podríamos sacar nuestra fuerza precisamente de lo que hoy es nuestra debilidad? En la era de los Estados, los no-Estados, los Estados truncados no podían sino hallarse en una situación de inferioridad. Pero en la coyuntura presente, la que se ha bautizado como de crisis del Estado ¿acaso no podríamos encontrarnos en otra de privilegio?
Para empezar podemos repasar el aspecto halagüeño. En cuanto la crisis ataña al Estado como artefacto, el nuevo ordo orbis podría abrirse a lo que el último cultor del ius publicum europeum, Carl Schmitt, llamaba “grandes espacios”. Y qué duda cabe, el mundo hispánico constituye un gran espacio, un gran espacio, además, no sólo en un sentido geográfico, sino también en un sentido profundamente humano, cultural y espiritual. Y con una historia a sus espaldas.Álvaro d’Ors, en la senda Schmitt, explotando las vetas que el pensamiento de éste ofrece para una reconstrucción realista de la política que permita reatar el hilo de la tradición, habló de “regionalismo funcional” superador de los Estados decadentes. Es cierto que, en el singular sistema del maestro d’Ors, tal expresión contiene ambigüedades no pequeñas. Dos queridos colegas argentinos las han resaltado. Así, Félix Lamas ha visto en ella una intentio universalista y tecnocrática que se situaría en las antípodas de la tradición católica. Y Bernardino Montejano ha observado la contradicción que supone proponer, de un lado, la sustitución del Estado por regiones territoriales, pero a renglón seguido sostener que el centro del sistema no es el territorio sino la función que está a cargo de organismos técnicos. Pues así acaba con el mismo regionalismo que necesariamente tiene que apoyarse en una geografía. No les falta razón. A mi juicio, sin embargo, el planteamiento orsiano debe ser tomado como un intento (sugestivo) de superar la cerrazón de los Estados-naciones modernos, que permitiría recuperar la comunidad política natural y que tendría por columna vertebral el principio de subsidiariedad, que en el mundo hispánico -en precoz prematuración- se habría concretado en el “fuero”. Sé que tampoco lo que acabo de decir, está exento de algún punto débil. Pues el principio de subsidiariedad no es una regla técnica sino un principio regulador de las relaciones entre los cuerpos sociales. Y pues el “fuero” está ligado al derecho histórico. Nada más alejado del reduccionismo “funcional” que las palabras d’Ors permitirían dejar entrever. Pero que, me parece, se hayan contrapesadas al rechazar el one world mundialista y al postular “grandes espacios éticos, de verdadera comunidad, en los que necesariamente el factor religioso tendría un papel importante”. Por todo ello, creo que podría concluirse que la Hispanidad puede constituir un modelo de superación de los Estados actuales, a través de la articulación de un gran espacio, con base histórica, y unidad moral, con el principio de subsidiariedad y el particularismo foral como ejes.

024 El traslado de las monjas

“Carlismo para hispanoamericanos” Miguel Ayuso.

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