El Virreinato de Méjico (parte 1 de 3)

Conferencia de Don Enrique de Aguilera y Gamboa (XVII Marqués de Cerralbo)

Señores:

No sé como empezar, y hasta dudo que acierte a leer estas pobres cuartillas, porque balbuciente mi palabra por el temor, suspendido el ánimo por la certidumbre en mi poco valer y hasta empañados los ojos por considerarme en esta ilustre tribuna contemplando delante de mí a tantos, a todos vosotros, o es una temeridad, y hasta empañados los ojos por considerarme en esta ilustre tribuna contemplando delante de mi a tantos, a todos vosotros, que atesorando la ciencia y viviendo en la fructuosa y perpetua vigilia del estudio, me deslumbráis y ando embelesado, pero atónito, como el ciego que abriera los velados párpados para mirar el cielo, esplendente de luces y colores, en esas noches de imponente grandeza que la luna esclarece y que engalanan y embelesan las estrellas.
Hablar delante de vosotros, o es una temeridad, o es una arrogancia, porque me consta que nada se me ha de ocurrir de que ya no estéis avisados; ni hechos, ni citas, ni lugares, ni nombres me será dable apuntar que no os sean familiares y vivan, por la admiración, en vuestra memoria, y por el cariño, en vuestros corazones.
Nada vengo, pues, a enseñaros; no será para mi esta laureada tribuna, cátedra magistral en donde levante la voz para que vayan sus períodos dejando miras y jalones que tracen una nueva vía de conocimientos y de estudios; y si quedan lejos de mi todas las pretensiones, no podéis argüirme de temerario ni de arrogante, pues he empezado por disculparme de este paso y por reconocerme insuficiente; no quede otra cosa, y no veáis en mí sino a un entusiasta español que en este año del Centenario imponderable de Colón acude con patriotismo delirante a todo punto, a todo lugar en dónde izada, como aquí, la invicta y heroica bandera de España, se la proclame y se le reconozca como el mágico e inspirado dosel a cuya sombra descansan tantos héroes que en sus armaduras de bruñido acero parecen reverberar el sol espléndido de nuestra historia, que se enciende y derrama sobre los sacrosantos brazos de la Cruz.
Y como el sol aun brilla, porque arde en nuestros corazones y se alumbra en vuestras inteligencias, y se agita en nuestros brazos, no vengo a salmodiar aquí una elegía que angustie el alma y abata el esfuerzo, no; no vengo aquí a cantar un poema que sea un consuelo o una lamentación como la del griego entristecido, que con los ojos puestos en los vacíos y robados frontones del Parthenón, o llorando en Constantinopla al pie del conquistado y misterioso bronce de Marathón y de Platea, busco en vano su patria; pregunta sollozando, y sin respuesta, por sus héroes, sus glorias y sus banderas se conforma con releer aquellos fastos sin rutilante belleza, que en tumulto arrebatador la Grecia corrió a escuchar, de primogénita lira, las leyendas que le cantaba Homero al pie del histórico plátano de Smyrna.
No, no es una elegía, no es un poema: es un himno el que pretendo cantar aquí esta noche, porque sé, porque adivino en vuestros semblantes que venís a oírme repetiros grandezas y glorias pasadas con la fe, el entusiasmo y el arrojo de los que tienen ánimo y voluntad para proseguirlas.
¡Oh! hermosísima ocasión la presente; paréntesis consolador en la agitada vida de los que nos ocupamos en la política: aquí no hay hombres de partido, aquí no hay propaganda, ni luchas, ni recelos, ni enemigos; aquí no hay más que españoles; y si algún extranjero nos contempla y nos escucha, también para él lleguen nuestras manos de amigos; y no les ofrezco nuestros brazos, porque los tenemos embargados en estrecharnos íntimamente nosotros, y en torno del venerado y amadísimo estandarte de la Patria.
¿Quién como España? ¿Qué fueron de los Imperios de Alejandro de César, de Aníbal, de Mahomet y de Napoleón? Tempestades pasajeras y asoladoras que, cargando sus nubes en los mares de la ambición, del odio y de la muerte, lanzaron sobre la espantada tierra torrentes de sangre y de lágrimas que borraron por un momento las fronteras; pero como estas devastadoras inundaciones pretendían con su vapor nublar el cielo, y no presentaban en sus códigos otra ley que la espada, pronto se despertaron los nacionales caracteres en su contra; surgió de nuevo el rayo de la justicia, y enterrados los usurpadores entre el fango de su tiranía y su egoísmo, resplandecieron nuevas auroras que dejaron destacarse sobre las fortalezas las peculiares e independientes enseñas de cada nacionalidad.
España, por el contrario, supo conservar su posesión en América por tres siglos, y en su lugar oportuno apuntaré las causas que la interrumpieron, todas extrañas a sacudir un yugo de tiranía que demostraré no existió jamás como política o administración permanentes. Como el descubrimiento y posesión del Nuevo Mundo fue la más gigante y portentosa idea que en el hombre ha tomado origen, inspiración y vuelo, la fue preciso un molde colosal, un corazón más inmenso que los Andes, más solemne y majestuoso que sus Océanos, más ardiente que sus volcanes y más puro que su cielo: errando Colón por el viejo mundo llegó hasta los Tronos, explicó en las Universidades, mendigó en las antecámaras de los poderosos, y aquel marino que sabía trazar rumbos ignorados, andaba perdido y errante no hallando el del ser privilegiado que le correspondiese hasta que a su natural asilo y refugio, y llamando a la puerta de un pobre convento cayó en manos de un fraile, que llevándole por la mano entre sinuosidades y asperezas, le condujo ante una mujer que, desceñida una corona, oraba al pie de una cruz: aquella no era sólo una reina, no era un sólo ángel, no era sólo una maravilla, aquella era Isabel I, aquella era España, aquel era el corazón inmenso en donde Dios había albergado todo un mundo.
Éste nació, pues, del amor divino y del amor patriótico: sus primeros sentimientos eran una caridad, su primera palabra una oración; sus primeros pasos un heroísmo, su único objeto la redención y felicidad universales.

isabel

El ángel de Castilla mandó a América a gigantes españoles con cruces para convertir y con espadas para defenderse: así brillaron desde Veracruz a Tacuba y Otumba; y si aparecieron como conquistadores en Méjico, fue preciso que tuviera por pedestal la conquista las hacinas de cadáveres españoles con que cegó sus espantables lagunas el duro Cuauhtemoctzin.
La conquista no es un derecho, la conquista no puede ser razón del fuerte, ni disculpa del ambicioso: un pueblo no debe ser dominado por la fuerza del extranjero que le arrebate arbitrariamente su independencia y su libertad; pero la conquista no es sólo un derecho, es un deber, cuando se trata y se logra arrancar a un pueblo de la barbarie y se lucha por la humanidad en contra del salvajismo.
Pensemos en la situación horrorosa a que habían traído los antropófagos aztecas al Imperio vastísimo de Moctezuma II, y véase su la conquista se impuso y si debieron inmensa, constante y pública gratitud a los españoles, los siervos y descendientes de aquel a quien llamaban señor sañudo y respetable.

El respeto a las nacionalidades no existía, y se hacían la guerra entre ellos, no sólo por extender su territorio y aprovisionar sus tesoros, sino que cada año, debiendo celebrarse las fiestas del dios de la guerra el feroz Huitzilopochtli, les era indispensable proveerse de prisioneros y cautivos en campañas que llamaron guerra florida, para sacrificarlos sobre el techcatl de serpentina en el teocalli de cuatro portadas: en la consagración que Almizotl hizo de este templo en 1487, fueron sacrificadas 72,344 víctimas arrebatadas a sus hogares y a sus familias con el sólo objeto de esta bárbara fiesta, y si por exageradas se tienen tales cifras, no podrá reducirse a menos de 20,000 las que anualmente sacrificaban en Méjico, según afirma su primer Arzobispo el docto y veraz Zumárraga.
Pero no era sólo que se las inmolase; era lo más de ofender y lo ni menos de sentir la feroz manera de realizar tan espantosas hecatombes.
Hasta la segunda gradería del templo, a la vista de la exaltada multitud, llevaban los sacerdotes a cuestas los cautivos, y lanzándolos sobre el techcatl, que era una piedra convexa para que la víctima, acostada sobre ella, sacase forzadamente el pecho, de un tajo se lo hendían en toda su anchura, con el dentado cuchillo de obsidiana; y metiendo las adiestradas manos en el bullente seno, arrancaban el corazón, frotando con él y con la sangre la horrible cara del ídolo para arroja de un puntapié el cuerpo que, cayendo de escalón en escalón rodaba hasta dar con la alborozada muchedumbre, donde lo hacían pedazos que con preferencia comían, como el corazón lo mascaban el topiltzin y los chachalmeca o sacerdotes.
Este espantoso cuadro de bárbara saturnal tenía sus fastos salvajes escritos con blanqueadas calaveras, porque frente al altar alzábase la aterrorizadora estacada de las setenta vigas o tzompantli, en donde en un erizo de varas había tantos cráneos hincados, que Andrés de Tapia asegura haber contado más de 136,000.
Fatigados los sacerdotes de arrancar corazones, o por dar variedad al espectáculo, unas veces degollaban a sus víctimas, recogiendo los torrentes de sangre en el cuauhxicalli para embadurnar sus altares y dioses, o las exponían al público, atadas a un madero, para que todos les arrojasen flechas: y cuando el cuerpo quedaba informe, por destrozado, o desaparecía entre un espantoso manto de sangre y de saetas, les arrancaban el corazón por deshecho que estuviese para no faltar al homenaje y ceremonia obligados.
Otras veces buscaban con predilección el mozo y la joven más hermosos del país, y durante todo un año los sostenían con lujo regio para en la fiesta anual sacrificarlos como el tributo más simpático a sus dioses.
Fuera abusar de vuestra amabilidad extenderme en la horrible descripción de tan salvajes usos y fiestas, presentando los cuadros de desolación en que los cautivos se despedían de sus padres y de sus esposas para antecederles en el suplicio a que arrastrados iban por aquellos sacerdotes de largas y erizadas melenas, todos pintados de negro, con amplias túnicas que también de negras convertía en rojas la sangre; y visto al pie de las torres, de las calaveras y al vacilante fulgor de los calderos en que ardía el fuego sagrado que sólo renovaban cada siglo.
Si la mujer era esclava, si todas las viudas y la servidumbre habían de sacrificarse cuando el esposo o el señor moría: si con los tributos enormes arrastraban tal miseria los pueblos, que debiendo pagar cada uno lo que produjese, eran muchos los que no lograban poseer otra cosa que esos insectos de la hediondez y la miseria que en múltiples casos encontró Ojeda en el palacio de los tributos que en Méjico guardaba Moctezuma: y de tan desconsolador panorama social, eran contraste injusto las grandezas y los tesoros del Emperador, que sosteniendo muchos palacios, y miles de animales en ellos, dedicaba a su guardia y servicio más de 3,000 hombres.
La esclavitud existía por edicto y costumbre, y por ley de la voluntad arbitraria del tirano.
Y para más extrañeza y más irritante desigualdad y bárbaro despotismo, nadie podía mirar al Emperador, ni dirigirle la palabra, sino con las humillaciones más denigrantes, como si los reyes pudieran ni debieran ser otra cosa que padres de su pueblo, ni como si los hombres hubieran de ser esclavos y ni aun vasallos siquiera, cuando su dignidad y la justicia no pueden dejarles rebajarse a esas condiciones, y sólo sí reconocerse en la de súbditos; ni como si las sociedades pudieran vivir sujetas a la voluntad de un rey, variando las leyes a su capricho, cuando este y sobre la decisión real están y han de seguirse las leyes fundamentales.
Me he detenido en este punto con deliberado propósito, porque es de oportunidad y razón dejar asentados los fundamentos justísimos en que se apoya la conquista de Méjico, de cuya administración y gobierno tengo por deber de ocuparme, en virtud de la invitación bondadosa con que tanto me honran el sabio y dignísimo Presidente de la sección histórica que me ha encomendado éste, como mío pobre trabajo, y la de vosotros que me demostráis, con la atención, que iguala vuestra amabilidad a vuestra ciencia, con ser hoy tan probada la una y siempre tan reconocida la otra.
Demostrada la bárbara e inhumana constitución del Imperio mejicano con Moctezuma II, no estaría de más citar que sólo apoyado en la razón del más fuerte y del ambicioso, y en el derecho de conquista, se fueron sucediendo en el territorio los hijos de aquella fecundísima raza Náhuatl; y así pasaron y triunfaron y cayeron los Mayas de Votan al empuje asolador de los bárbaros más ilustres que ocuparon el Imperio de Anáhuac, los amarillos y hermosos toltecas de Cuculcan, para extinguirse a su vez, con su quemado rey Topiltzin, a los golpes rudísimos de las hachas de istli con que se despeñaron del Norte, como un volcán de piedra, los desnudos y bebedores de sangre horribles chichimecas conducidos por Xolotl: y cuando, después de tres siglos, les presentaron batalla en la entonces miserable Tenochtitlan las nuevas hordas aztecas que, bajando del inexistente Aztlan, cayeron en derrota, y para siempre, en el personal combate de Maxtla con Moctezuma I, quedó constituido el Imperio de los aztecatl, para ser derrocado a su turno por Hernán Cortés en la campaña homérica de la Nueva España.
Ni a este punto diera tal extensión, ni insistiría en la destrucción y gradual marcha de los diferentes pueblos sobre el Imperio de Méjico, siempre aniquilando al vencido con  única excepción de los españoles, si no hubiese sido calificada como injusta nuestra conquista por escritores ilustres que se olvidaron, al apreciar los heroicos hechos de 1519 a 1522, de los que habían escrito, elogiando las campañas de Quinatzinnahoa contra el chichimeca Tenancacaltzin, llamándolas civilizadoras y justas por oponerse rudamente el estado salvaje de este pueblo a aceptar la relativa civilización del aztecatl.
No cumple a mi deber tratar de las asombradoras y legendarias conquistas de héroe incomparable que nos detalló Bernal Díaz, y cuyo espléndido retrato, ajustadísimo al hermoso natural, nos ofrece con orla de oro más cincelado que el de Palenque, y con más ricos y mágicos colores que los pintados penachos de Nezahualcoyotil, la pluma inspirada y patriótica del clásico Solís.
Otro General ilustre que honra por igual nuestro brillante ejército y nuestras doctas Academias, ha arrebatado no ha muchas noches vuestra atención y ha movido vuestros aplausos, vertiendo desde esta docta tribuna arranques de inspiración, sabios estudios, nuevas investigaciones y concienzudos comentarios, con los que el ilustradísimo general Arteche nos hizo entender y admirar la grandiosa figura de Hernán Cortés, el digno compañero en la gloria americana de Colón; dos gigantes en cuyos hombros parece que se sustenta todo un mundo: genios y caracteres que sin duda se guardan y simbolizan en las hermanas columnas que desde entonces ha grabado España en su regio escudo.
Hechos y batallas olímpicas las de Cortés, que ni tuvieron y ni es posible alcancen igual en ninguna historia.
Sólo a los españoles les fue dado acometer la incomprensible empresa de conquistar y combatir a un imperio de 16 millones de habitantes con 508 soldados, 60 caballos, un centenar de arcabuces, una docena de cañones y otra incompleta de bajeles.
Con menos resistencias, España sólo cedió limitados trozos de su suelo a las miriadas de bárbaros invasores que del Báltico trajo Gunderico, Hermanoxico del Rhin, del Cáucaso Atace y Respendial de la Panonia; y fueron necesarios a Taric 25,000 árabes en Guadalete, y para sostenerse, los 18,000 caballos bereberes de Muza; como al emir Abdelmelic los 70,000 sirios de Samail y de Baleg.
Estas conquistas, realizadas por muchos millares de guerreros, se hacen y se comprenden; pero lo realizado en América por los españoles, sólo se explica por el inspirado esfuerzo de nuestra ibérica raza, asistida por Dios, que acompañando a las espadas de Cortés y de Pizarro, permitió que izasen las cruces de Tlascala y de Cumaná, en prosecución de las petreas de Palenque y de las cerámicas de Perú, y que las misiones de Las Casas, Olmedo, Testesa, Castro y Villalpando, continuasen las misteriosas de Pay Zumé o Santo Tomás.
Y para demostrar lo extraordinario y único de nuestra española empresa, parece que DIos consintió llegase en aquel momento a su mayor grandeza y poderío el Imperio Mexicano, que extendiéndose y dominando reinos y repúblicas, hasta entonces independientes, se contempló el más grande y poderoso que allí jamás ha existido: y como si concitándose en nuestra oposición y enemiga todas las energías de la naturaleza para endurecer con la prueba y el sufrimiento a sus indígenas, los mares se revolvieron; rodó con furia inusitada el huracán; las nubes se desgajaron; las nieves nivelaron los terrenos; crujió en sus entrañas la tierra; los volcanes incendiaron la atmósfera, las ciudades y los bosques; las epidemias azotaron los cuerpos; la miseria los endurecía y hasta el sol cubrió sus esplendores escondiéndose tras las argentinas espaldas de la luna.
Así fueron las espantosa erupción del gigante Popocatepetl; así los diluvios que inundaron la ciudad de Méjico en 1449; así las pertinaces nevadas y la miseria y el hambre antropófaga de 1450; así la general sequía y los desgajadores ciclones y el eclipse de sol de 1454; así los rajantes terremotos del 60 y del 68, y así la espantosa epidemia en el Yucatán.
Siguieron después años de fertilidad, de poderío y de riqueza: y aquellas razas, endurecidas por el sufrimiento y guarecidas en sus fortalezas, en sus adoratorios y en sus montañas; aquellos ejércitos que hasta por muchos millares de soldados pasaban sus revistas, cedieron y pactaron con unos centenares de españoles que, caminando de victoria en victoria por aquella asombrada tierra, la dominaron escribiendo sus hazañas con la sangre de sus héroes; y así, como luminosas estrellas en un cielo diáfano y resplandeciente de gloria, brillan entre laureles los cadáveres de los capitanes Escalante en Vera Cruz; Juan Domínguez en Chalco; Yuste en Zulepeque; Pedro Barba en Tenochtitlan; Francisco de Guzmán en Las Lagunas; Velázquez de León en la vuelta de Tlascala, y del hercúleo Juan de Argüello en Nueva Almería.
Conquistado Méjico en 13 de Agosto de 1521, sale Cortés para las Hibueras en 1524, dejando en su gobierno y representación a Zuazo, Estrada y Albornoz; y entre discordias y tropelías mutuas y de sus parciales, debilitan sus fuerzas, y las hubiesen comprometido sin la intervención patriótica y salvadora de los frailes que los unieron.
Supo Cortés desde Honduras, en 1526, las demasías de Chirino y de Salazar, y las calumnias que en contra del conquistador habían llevado hasta Carlos V algunos miserables, logrando se enviase como juez de residencia a Ponce de León, que muerto apenas llegado, tuvo por sustituto a Marcos de Aguilar, quien inspirado y movido por Estrada, en contra de Cortés, le desterró a España, apenas vuelto de su gloriosa expedición.
En 1527 se nombra la primera Audiencia para el gobierno de Nueva España y para residenciar a Cortés. Los cuatro oidores y su Presidente Nuño Beltrán de Guzmán llegaron a Méjico en 1528.
Ocurrida inmediatamente la muerte de dos de ellos, Parada y Maldonado, como si la justiciera mano de la Providencia quisiera por repetida vez salvar de la persecución arbitraria y residencia ingrata al conquistador, asumieron los restantes el poder, que lo ejercitan en persecución del gran Hernando: reanúdanse las querellas y las demasías, y vuelven los religiosos con el evangélico primer Obispo de Méjico desde 1527, don Juan de Zumárraga, a trabajar y sufrir por la paz entre los españoles.
Oídas en la Corte las justas quejas y demandas del Obispo en contra de la Audiencia, se dedicó el nombramiento de un Virrey, recayendo en D. Antonio de Mendoza, Conde de Tendilla y mientras le era dable marchar se hizo el de nueva Audiencia, presidida por el docto Obispo de Santo Domingo.
Entretanto el Emperador distinguía y premiaba soberanamente a Hernán Cortés con merecidísimas riquezas y honores, y se dispuso a volver al Imperio que había conquistado con título de Marqués del Valle de Oaxaca y cargo de Capitán general.
Arriba el conquistador, y los antiguos oidores le persiguen exaltando su odio hasta desterrarle de Méjico; pero en cuanto llegó la nueva Audiencia cesaron los rencores y abusos del primer y desdichado interregno, y lucieron cuatro años de paz y ventura para los españoles, y de administración benéfica y protectora para los indios: hízose la expedición importante de Guzmán a lo que se llamó Nueva Galicia; se fundaron varias ciudades, siendo la primera Puebla de los Ángeles, en 1530, en igual fecha la del Espíritu Santo, después Guadalajara, trasladándola en 1533 al Valle de Tlacotán y Compostela, en Nueva Galicia.
Se dio gran desarrollo al cultivo y a la ganadería, y cansado de fructuosos trabajos, y cubierto de gloria, bendiciones y méritos al amado Obispo Fuenleal, pidió y obtuvo del Emperador, en 1534, licencia y ocasión para su descanso, dejando el sillón presidencial de la Audiencia, siendo nombrado el 17 de Abril de 1535 por primer Virrey de Méjico el dicho D. Antonio de Mendoza, Conde de Tendilla.
Y rogando me dispenséis las disgresiones y antecedentes que he amontonado en esta primera parte de mi disertación, juzgándolas indispensables para dar leve idea del país, la raza, la conquista y la situación, llego al punto culminante de mi encargo.

Cortes

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