El Virreinato de Méjico (parte 2 de 3)

Continuación de la Conferencia de Don Enrique de Aguilera y Gamboa (XVII Marqués de Cerralbo)

Hermoso y consolador momento es aquel, en que fatigados los ojos de recorrer sobre muchas y sangrientas páginas de la Historia; cuando el espíritu parece abatido y el ánimo contristado y el horizonte se cierra entre brumas de sangre, de incendios y de lágrimas; cuando de la tierra borran sus contornos la ciudades entre las nubes de polvo que levantan los jadeantes corceles de los usurpadores; y cuando ni en los aires se producen, ni los ecos repiten, otro ruido que ayes de desolación y crujir de látigos y cadenas, el angustiado corazón descanse, la voluntad se liberte, la esperanza se avive y el pensamiento se engrandezca viendo surgir un oasis de paz y bienandanza en aquellos fastos que son sublimes en la Historia por cristianos, patrióticos y civilizadores.
Admirable espectáculo; lección magistral, asilo venturoso en que se extasía y descansa el noble peregrino del estudio: momento consolador que nos representa a aquél en que el desterrado de la patria vuelve a repasar la frontera, y en el horizonte alcanzan sus ojos lo que ni un instante dejó de contemplar su corazón, la bendita torre de su parroquia.
Así, aunque ligeramente, pero con horror, hemos caminado a través del Anahuac, recorriendo el bárbaro panorama de los torrentes humanos del Aztlan; y si con asombro y admiración hemos seguido al gran Cortés en su campaña por la Cruz y la patria, llegamos por fin al oasis reparador en que el corazón se tranquiliza, y todo descansa menos la gloria; y así vemos surgir el monumento más grandioso del poder, la más brillante aureola del trono, la más sublima producción de la idea humana, el código incomparable de las benditas leyes de Indias; y como gigante y adecuado pedestal para este coloso, el noble, heroico, sabio, protector, español y cristiano Virreinato de Méjico; y vémosle, en su trono y a su alcance, construir en el antiguo campo de batalla la universidad; los fuertes en las fronteras; en las mazmorras de los esclavos, en los caritativos montepíos; en las costas las armadas; en las tierras vírgenes, las colonias; en el palacio, la imprenta; sobre el adoratorio, la catedral; y con el sudor del honrado y general trabajo hasta lavarse de nuestras manos las manchas de sangre.
Y como surgiendo de este Parthenón de Virreyes, destacan sus grandiosas figuras y alzan al cielo los gigantes brazos para mostrar a ambos mundos el incomparable código, sus admirables ejecutores y representantes, Mendoza el de Tendilla, Velasco el del Condestable, Rivera el Arzobispo, Acuña el de Casafuerte, Bucarelli el Bailio, y Güemes Pacheco, el de Revillagigedo.

AntonioMendoza
Don Antonio de Mendoza, Primer Virrey.

Duéleme que por ingratitud o abandono no se alce en Méjico entre bronces y mármoles este soñado monumento de mi patriótica fantasía; él fuese la honra y la gloria de ambas naciones; él quien recordase a América que España fue su madre; el un lazo, el más íntimo y fraternal, entre mejicanos y españoles: recordad a los indios quiénes fueron esos seis grandes virreyes, popularizad las leyes de Indias, alzad luego un monumento a la madre España, y de seguro que no hay a los pies de aquellos mármoles ni una cabeza cubierta, ni una rodilla que no se doble, ni una mano que no se tienda, ni un mejicano que no caiga en los brazos que le ofrecemos, llamándolos, aunque cada uno por su nombre nacional, todos hermanos.
Jamás se ha visto en otra historia que en esta de Méjico, en el período de que nos ocupamos, unos reyes, unos legisladores y unos gobernantes con más decidido propósito y desvelada atención, regir por varios siglos los acontecimientos, estudiar las naturales mudanzas de las épocas, velar por sus súbditos y conformar con todas las necesidades en defensa de todos los intereses y en gloria y grandeza de la patria, sus actos, sus leyes y su poder.
Si el soberano católico ha de existir para que sus súbditos y su tierra, sobre la que es representante de Dios, purifiquen y salven sus almas, defiendan y engrandezcan su territorio, se desarrolle el trabajo, el comercio, la industria; y toda la laboriosidad y la inteligencia tiendan al legítimo progreso; si ha de afirmarse entre los hombres la paz, contenerse las demasías de los poderosos y defender y amparar y acudir a los pobres; si a los pueblos ha de conducírseles a la grandeza material desde la moral grandeza, los Reyes de España, y en su representación los Virreyes de Méjico, realizaron estas aspiraciones y estos beneficios.
Voy, pues, a demostrarlo: tarea fácil y simpática en la que no huelga ningún elogio; porque mayores merece el Virreinato de Méjico de los posibles a mi pobre inteligencia:
Pero ni cumple a mi intención, ni es de oportunidad en este discurso, ante concurrencia tan docta, reseñar los acontecimientos por su orden, ni hacer la enumeración de los virreyes por su cronología: me limitaré a las necesidades graduales necesidades de un pueblo; y a presentar junto a cada una el virrey que la satisfizo: grandiosa parada de honor en la que van a desfilar héroes y legisladores que, si hijos fueron de España, ejemplo y gloria son del todo el mundo porque el beneficio y perfeccionamiento de la humanidad no reconocen fronteras.
La primera necesidad y aspiración en un pueblo, como en el individuo, es el conocimiento de la verdad absoluta, que es la patria del alma.
El descubrimiento de América y la conquista de Méjico se hizo para la Cruz, y desde el primer virrey al último, dieron necesaria y decisiva protección a la Iglesia católica, que engrandeciendo la dignidad humana, estableció la verdadera libertad, y unificando la especie por el amor y la caridad, borró los valladares que apartaban al pobre del rico, y al indio del español.
El acertado y sublime espíritu y gobierno colonizador de la Iglesia y las órdenes religiosas, tema especial ha sido de otras conferencias anteriores que aquí, con alta inspiración y luminosos estudios, llevaron a las más completa comprobación el convencimiento de que España les ha debido muchas veces la integridad de su territorio, y siempre su ilustración y su gratitud.
Evítome, pues, aunque con sentimiento, la enumeración de los obispos y los misioneros que con sus gloriosos actos demuestran mis afirmaciones, pero aun así los encontraremos de continuo al lado de toda grande obra, para iniciarla o protegerla.
El desconcierto de una gran conquista y la novedad en el país de todos sus fundamentos, obligaron a la Iglesia a estudiar y prever sus necesidades; y los virreyes, apresurándose a proteger sus cuatro concilios, hallamos a D. Luis de Velasco, en 1553, escoltando al presidente, arzobispo Montufar; y cuando, en 1564, muere aquel gran Virrey, durante el Concilio segundo, demuestran los obispos cuántos eran sus méritos y cuánto bueno se le debía, conduciéndole en sus hombros hasta la iglesia de Santo Domingo.
En el corto virreinato del gran arzobispo Moya de Contreras, de 1585, se reúne el tercer Concilio mejicano, y logran sus decisiones la solemne aprobación de Sixto V: y sólo en 1771 congrega el cuarto el arzobispo Lorenzana, durante el gobierno del honradísimo Marqués de Croix.

LuisdeVelascoI
Don Luis de Velasco, Segundo Virrey de la Nueva España

Gran Desarrollo alcanzan la Iglesia y las órdenes religiosas hasta ese grave suceso, pues había en Nueva España 179 conventos de frailes, 85 de monjas y 1073 parroquias; pero sus virtudes eran tantas y tales, que conquistando el corazón del pueblo, le hallamos siempre protegiéndoles; así, cuando, en 1624, el virrey Marqués de Gelves, se indispone con el Arzobispo y llega en su enemiga hasta perseguirle, y que, para salvarse, tenga el Prelado que acogerse a su templo, y presentar la hostia consagrada, a fin de detener la espada del capitán Armenteros, la población se subleva, y asaltando el palacio, en donde heroicamente se defiende el Virrey, no logra salvar la vida sino con otra nueva prueba del profundo amor y respeto del país a la religión; porque, acogiéndose a la iglesia de un convento, diéronle por inmune, y en la puerta de la basílica cedieron todos los odios y cesaron todas las persecuciones.
Si no a tan grave extremo, se repiten también en 1664 parecidos ataques populares contra el virrey Conde de Baños, por su indisposición con el Obispo de Puebla, Osorio de Escobar. Y al realizarse aquel despojo y tropelía que en 1767 expulsó de todos los dominios españoles a los gloriosos hijos de San Ignacio, se produjeron gravísimas alteraciones por el pueblo, alzado en su favor, en cuanto se supo lo misteriosamente que el Marqués de Croix los había embarcado en Veracruz para Génova.
Todas estos sucesos, escogidos entre muchos, acreditan la popularidad amorosísima que logró la Iglesia en Méjico; pero si es del caso demostrar con algunos otros actos la patriótica acción de la misma Iglesia, no deberíamos pasar en silencio aquella gravísima escisión de 1589, entre el virrey Marqués de Villamanrique y la Audiencia de Guadalaxara, que dividiendo a los españoles, los lanzaban a la guerra civil; y cuando los dos ejércitos en Analco se disponían a la batalla, y tal vez a la ruina de nuestro predominio en Méjico, el gran obispo Arzola se lanzó en medio de los enemigos, y mostrándoles el Santísimo Sacramento, él solo los apaciguó, de tal manera, que cesaron todas las divisiones, con gran beneficio de España; y no fue menor el que hizo el tan ilustre Obispo de Guadalaxara, don Alonso de la Mota, en 1603, cuando insurreccionados los indios de Topia, durante el virreinato del Conde de Monterrey, marcháronse en son de guerra a los bosques, y no hallando forma de reducirles a la obediencia, bastó que el Obispo de Oaxaca, D. Alonso Cuevas, dominando, con su evangélica palabra, la sublevación alarmante de los indios de Tehuantepec, en los comienzos del revuelto virreinato del Marqués de Leyva.
Y si este decisivo ascendiente del clero lo conquistaron sus méritos y virtudes, vieron los indios rivalizar en caridades extraordinarias, y desvelados en su asistencia, al Arzobispo, a los franciscanos, agustinos, dominicos, jesuitas y a todo el clero, en la espantable ocasión de 1577, cuando por primera vez se hizo sentir la sin igual epidemia del matldzalmatl, que causó más de dos millones de víctimas, y si murieron entre espantosas angustias, hallaban siempre en su auxilio y cuidado del clero, y de manera admirable y ejemplarísima al nobilísimo virrey D. Martín Enríquez de Almansa.
Vuelve el terrible azote de la misma epidemia a causar 50,000 víctimas en 1763, y consternando el pueblo, cifra su esperanza y salvación en la Santísima Virgen de Guadalupe, y, entre conmovedores fiestas, se la declara patrona de Méjico durante el Virreinato de D. Juan Antonio de Vizcarrón y Eguiarreta, y era tan grande la veneración que se profesaba a la bendita imagen, que ya el admirable virrey Rivera en 1677 construyó la calzada que conduce a la tradicional colegiata, cuya dedicación solemne se hizo en 1709 bajo el gobierno del Duque de Alburquerque; durante el de Almansa, y en 1573, se pone la primera piedra a la suntuosa catedral de Méjico, que inaugurada en 1656 y dedicada en 1668, no se termina hasta 1677, empleando en tan grandiosa fábrica dos millones de duros.
Angustiosa era la situación pecuniaria en 1709, y para salvarla acudió el clero desde entonces con la décima parte de sus rentas.
Siento verdaderamente molestarlos con tantas citas y varias enumeraciones; pero si a todo trabajo histórico le son indispensables, no puedo reducirlas más, refiriendo un periodo de tres siglos.
Establecida la Iglesia y propagadas las misiones, se ocuparon desde el primer instante los virreyes en mejorar la triste condición de los indios; la que produjo el admirable codicilo de Isabel I, como en éste se inspiraron las no menos admirables leyes de Indias.
Llega el primer Virrey a Méjico en 1535, y antes de otra cosa y como portador del fraternal cariño de España a América, da libertad a los esclavos, y prohíbe, bajo duras penas, la antigua servidumbre de los indios, representada en el duro trabajo de la carga o tamene, y estos actos, y muchísimos otros de justicia y caridad, hicieron tan amadísimo al ejemplar Conde de Tendilla, que le llamaban los indios su padre, el padre de los pobres, que no de otra manera debía empezar el gobierno paternal de una nación cristiana.
Su ilustre sucesor, en 1551, D. Luis de Velasco, emulando las nobles aspiraciones en la redención india, da libertad a 160,000 que como esclavos trabajaban en las rudas faenas de las minas, y a su vez conquista y merece del país, que le honre con el dictado de Padre de la Patria.
Llega en 1590 otro virrey del mismo nombre; halla a los indios explotados por la forzada compra de las telas españolas con que vestirse, y dispone abrir fábricas de tejidos de lana, con lo que les exime de vejaciones y monopolios.
El temor a conspiraciones y revueltas populares había hecho prudente y necesaria la disposición de 1598 del virrey Zúñiga, obligando a que los indios viviesen en las ciudades; pero considerandolo éstos como prejuicio y contrariedad, apresuróse en 1605 el Marqués de Montesclaros a revocar la orden, dejándoles en la más completa libertad de sus campos y de sus voluntades.
Ocultos atropellos habían conseguido sostener hasta 1635 en la esclavitud a muchos indios; pero la enérgica protección del Marqués de Cadreita les asegura un todo su libertad.
Y siempre la codicia
buscando arteros recursos para explotar al débil, había logrado reducir a su presa con la venta a elevadísimos precios de los comestibles; pero allí donde se inventaba una vejación para los indios, siempre se interpuso la autoridad protectora de un virrey, y en este caso le cupo la suerte y la gloria al Duque de Veragua, de imponer en 1673 una tarifa y una rebaja en todos aquellos necesarios productos; ¡lástima grande que un Virrey de tales alientos y esperanzas le interrumpiese la muerte en su noble carrera a los cinco meses de haber ocupado su elevadísimo cargo!
Pero si hemos visto cómo los virreyes se desvelaban en proteger a los indios, no es menos hermoso considerar la caridad inmensa con que atendieron a los pobres todos, y de todas maneras.
Ya no manifestándose huidos en sus bosques los que caían enfermos en los campos, fundó para su asistencia en 1734 varios hospitales el gran Virrey y Arzobispo de Méjico Vizcarrón: apenas pasados cuarenta años ocupa el gobierno el admirable bailío de San Juan, Antonio de Bucareli, y si en 1734 crea un hospicio para los pobres, al que se acogen inmediatamente 250, y en 1777 un hospital para los dementes, funda en 1775 el grandioso y nunca bastante agradecido y elogiado Monte pío, en cuya gloria y mención debe acompañarle el generosísimo Conde de Regla, que regalando 300,000 duros fue y es salvación y amparo de la industria, la agricultura y el comercio, tan favorecidos por sus estatutos como por el módico interés que cobra, aunque en un principio fue tan absoluta la generosidad, que se prestaba a los pobres sin interés ninguno.
Enumerando grandes virtudes y servicios de los virreyes, necesariamente hemos de citar en repetidos puntos el nombre de este incomparable gobernante, que por sí solo basta para demostrar prácticamente a Méjico y al mundo la sin igual bondad de las leyes de Indias, porque en él hallaron sublime y justa personificación.
Pero estos elogios nos traen a la memoria los que merecen muchos otros virreyes, y pues que de protección a los pobres nos ocupamos, caso de citar aquel popularísimo Conde de Gálvez, que gobernando sólo diez y seis meses, de 1785 a 86, inscribió su ilustre nombre entre los meritísimos de la patria: fue para él suerte la horrible desgracia de la miseria que acaeció en el país, llamándola “Año del Hambre”, y este horrible suceso puso de manifiesto la grandeza y caridad de aquella alma que, encerrada en un cuerpo hermoso, joven y varonil, se había aquilatado por el valor de la guerra, y se engrandecía en las batallas de infortunio: sencillo, humilde y entusiasta, abolió toda etiqueta; connaturalizando con Méjico, puso a su hija por nombre Guadalupe, e inscribió a su hijo como soldado raso en el regimiento de Zamora; si un enfermo necesitaba de su asistencia, él corría a su lado, y en la plazo pública distribuía por su misma mano, y con la cabeza descubierta, las limosnas en especie a los pobres famélicos; soberanas cualidades y actos regios, que así los calificaba el país y así los entendieron en España; pero si eran majestades del alma, se equivocaron los que, juzgándole ansioso de la majestad del trono, temieron de su popularidad y sospecharon que pretendía de Virrey transformarse en Emperador.
Establecida la Iglesia como fundamento y guía de la sociedad; constituida la sociedad misma por las leyes de Indias, de que al final nos ocuparemos, bajo el gobierno de los monarcas y por la protección a los naturales y a los pobres, veamos cómo se constituyó la población; y de igual manera que los virreyes fueron en los dos cuadros precedentes determinando su paso por el Imperio con sus virtudes y su justicia, les hallamos ahora inscribiendo su nombre sobre el territorio, dejando por letras, colonias, villas y ciudades.
Allí aparece Tendilla fundando a Valladolid y reconstituyendo a Guadalaxara; proclamando a Velasco, en Ixtlahuaca la San Rafael, y San Miguel en Guanajuato; se recuerda a D. Martín Enríquez en Ojuelos, San Felipe y Portezuelo; el Conde de Monterrey da su nombre a la bahía de la Alta California; funda en la Nueva Extremadura y el nuevo reino de León, y en 1600 traslada a Veracruz a donde la había proyectado Hernán Cortés; el Marqués de Salinas edifica a San Lorenzo en Orizaba; el de Guadalcázar la ciudad de Lerma y la villa de Córdoba en el estado de Veracruz; el de Cerralbo da su nombre al fuerte de Monterrey; el de Cadreita a la villa que le recuerda; el Conde de Salvatierra a la ciudad del mismo título; el de Alburquerque a la de Nuevo Méjico; el Conde de Monclova llama así a la que funda en Coahuila; el Duque de Linares dedica a San Felipe la que construye en Nuevo León, y el Conde de Fuenclara crea en Sierra Gorda las colonias de Nueva Santander.
Amenazado el territorio por las guerras extranjeras en 1760, sufriendo la cesión a Inglaterra de la Florida y el Mississipi, llegó el momento de aplicar las herramientas de la construcción civilizadora de ciudades a la defensa de la patria, dirigiendo su esfuerzo y su trabajo a fortificar Veracruz y San Juan de Ulúa, en cuya empresa había muerto el Virrey Duque de la Conquista en 1741; Croix levanta el castillo de Perote, y el Conde de Gálvez la magnífica fortaleza de Chapultepec en 1786.
Pero en tanto que se agrupa la población a las ciudades, fueron los virreyes mejorando las anteriores y hermoséandolas; que de este modo forma Velasco en 1592 el magnífico paseo La Alameda, que engrandece el Marqués de Croix en 1771.
Don Juan de Mendoza construye en 1600 el acueducto de Zamboala y la primera iglesia de los franciscanos en la capital; el Marqués de Salinas el dique y desagüe insignes del jesuita P. Sánchez; el de Guadalcázar concluye en 1618 el grandioso acueducto de Santa Fe con sus 900 arcos; Rivera, en 1677, empiedra la capital; Revillagigedo la dota de alumbrado público en 1790; conduce a sus expensas en 1688 el Conde de la Monclova, por famosa cañería, el Chapultepec al salto del agua; construye el Marqués de Casafuerte, en 1726 los suntuosos edificios de la Aduana y Casa de Moneda; Vizcarrón levanta el gran palacio de Tacuba, como Iturrigaray activa en 1803 la conclusión de la Alhóndiga.
Tan grandioso y exuberante de vida era el genio militar de los virreyes y las colonias, que, no satisfechos con luchar dentro de ellas mismas para asegurarlas, y no bastándoles tan enorme imperio para contenerse, se desbordan los guerreros españoles por el Continente y los Océanos, y mientras Hernán Cortés descubre la California en 1541 y muere heroicamente en el peñón de Toc el brazo de la conquista, D. Pedro de Alvarado, y se lucha en Florida, manda al segundo Virrey que D. Miguel López de Legaspi tome posesión por España del mar del Sur, donde su gigante empresa alcanza por corona el descubrimiento y posesión de las grandiosas islas Filipinas, nuevo y portentoso alarde a que sólo se arrojaran y dieran cima los conquistadores de Nueva España.
Apenas repuestos de tantos trabajos y tantas fatigas, el Conde de Monterrey envía en 1595 a Juan de Oñate a conquistar Nuevo Méjico, y a Sebastián Vizcaíno con tres buques, a explorar la Alta California; vuelve este a surcar los mares con rumbo a Japón en 1611, y en 1669 envía al Marqués de Mancera nueva expedición a California a las órdenes de D. Francisco Lucenilla, que a poco renueva el Conde Paredes, yendo en la armada los célebres jesuitas PP. Kino y Salvatierra; y aunque el celo de estos y el valor de los soldados tanto hicieron, quedó reservada la gloria definitiva en aquel país para el tercer viaje, ordenado por el Virrey Arzobispo de Michoacán en 1696, con los mismo y santos misioneros.
Sobre 1714 organiza el Duque de Linares una expedición a Texas, con tan feliz resultado como la dispuesta por el Conde de Fuenclara, en 1744, en la que Escandón sonete a Sierra Gorda; y el Conde Revillagigedo, deseando que ni a estas empresas de glorioso ensanche de la patria le fuese posible no contribuir como últimos resplandores de nuestra grandeza y poderío, que en él siempre se personificaron y terminan, lanza nuestras banderas a California y al estrecho de Fuca.
Pero no es sólo en estas gigantes y arriesgadas expediciones en las que brillan las armas españolas; que unas veces para afirmar la posesión, y otras en su custodia, fueron muchas las ocasiones que se ofrecieron a los virreyes para demostrar su arrojo y ejercer su patriotismo; y este es el cuadro de la defensa nacional.
Domina el Marqués de Salinas la insurrección de negros de Yangua en 1609, y el Conde de Alba de Liste la de indios Tarahumara de 1650; el Duque de Alburquerque pelea en 1655 contra los ingleses invasores de la Jamaica y la Florida; y si bajo el gobierno del Conde de Baños se les obliga a evacuar en derrota a San Francisco de Yucatán en 1622, en 1678 Alvarado los desaloja de Campeche; pero estas y otras muchas campañas logran majestuoso epílogo en dos empresas grandiosas y singulares. Los franceses, apoderados de Santo Domingo en 1690, consideraban afirmada su conquista, sin recordar que las naves de Legazpi y las espadas de Otumba aun surcaban los mares, imponiéndoles los templados aceros: el esforzado Virrey Conde de Gálvez sube a la capitanía, y emulándose la destreza con el valor, reconquistan la tierra; y la brillante jornada, La Limonda, cubre de laureles a la inmortal armada de Barlovento.
Aun resonaban en los ritmados ecos de la costa los gritos de libertad y los cánticos de triunfo, cuando el Virrey Ortega fía al patriotismo de D. Manuel Velasco, en 1720, al mando de la flota que conducía a España 50 millones de pesos: acecháronle con avidez y artería las escuadras de Francia y Holanda pretendiendo mejor apoderarse del tesoro que pelear por el honor y la patria: en tanto los arriesgados españoles, con el hacha en la una mano y el remo o las cuerdas en otra, triunfan de todos los peligros, con tanto mérito de los capitanes como destreza de los pilotos; pasan días y semanas de angustia; por fin se destaca en el horizonte el amado contorno de nuestra España: todo fue consuelo y regocijo en los buques, y con las hinchadas velas, considerándose a salvo, surcan por fin las tranquilas ondas de la rada de Vigo. Aun estaban tendidas las lonas y las jarcias, cuando las escuadras enemigas aparecen en su persecución: entáblase desesperada contienda, y cuando no quedaba otro recurso para salvarse, sino rendirse, pasa sin duda la sombra de Cortés por el corazón de Velasco, y cogiendo una tea en la mano, antes que entregar el tesoro al enemigo, vuelven a alumbrarse los mares con nuevas hogueras de españoles buques, que parecían enviar una inspiración a los héroes de Trafalgar. Quedó allí sumergida nuestra escuadra; quedó allí sepultado nuestro tesoro; pero ni el fuego de los cañones franceses ni la procelosidad de las ondas han podido hacer naufragar aún la grandiosa figura de nuestra gloria en aquel día.

 

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