En Nueva España se rompe la inercia

Hoy se cumplen 206 años desde que el Cura Hidalgo, usó la fidelidad al Rey de los insurrectos para asociarla a Nuestra Señora de Guadalupe, y proclamar el odio a la raza peninsular; usar de forma maquiavélica la imagen de María Santísima para perpetrar asesinatos y saqueos.
Estos son los acontecimientos y el contexto previos al 15 de septiembre y su significado real, en la pluma de José Antonio Ullate:
El ejemplo de la Nueva España es significativo. El virrey, don José de Iturrigaray y Aréstegui, había tomado posesión cuatro años antes, en 1804. Al conocer la noticia del Motín de Aranjuez, de la abdicación en favor de Fernando VII y del estallido de la guerra contra el francés en la Península, opta por no decantarse. La inmensa mayoría del pueblo de la Nueva España manifiesta sin disimulo su adhesión al monarca cautivo y su apoyo a la causa de sus hermanos peninsulares. Hay tumultos callejeros.
Veamos cómo narra los hechos un testigo presencial, «el Gachupín» don Juan López Cancelada, por entonces redactor de la Gaceta de México. Cancelada fue desde el comienzo enemigo acérrimo no sólo de la independencia, sino de los cabildeos del virrey. Eso no obstante, no cuestiona la objetividad de sus crónicas. Fray Servando Teresa de Mier, acérrimo independentista novohispano, polemizó agriamente con López Cancelada. En particular contra la obra de López titulada La verdad sabida y buena fe guardada. Origen de la espantosa revolución de la Nueva España, comenzada en 15 de septiembre de 1810. Defensa de su fidelidad. En La verdad sabida, López Cancelada, además de explicar su punto de vista, hace una narración de los hechos que precedieron a los movimientos independentistas de Morelos y de Hidalgo. Incluso Christopher Domínguez Michael, biógrafo y compatriota del fraile revolucionario, sin aprobar las tesis de López Cancelada, se pronuncia favorablemente en cuanto a su fiabilidad como cronista de los hechos: «El conservador (López) tenía un conocimiento de México muy superior al de Mier y al de los diputados americanos (en las Cortes de Cádiz), una prosa ilustrada y una visión realista y profética de los hechos». Así era: cuando salió de Nuevo México, López Cancelada había pasado treinta de sus cincuenta años de vida en aquel virreinato y lo había recorrido de punta a cabo con afán investigador y, por su competencia nada común, había sido uno de los proveedores de inaccesibles informaciones para el trabajo del barón Von Humboldt.
Veamos cómo describe el periodista berciano la llegada a América de las noticias del Motín de Aranjuez y de la coronación de Fernando VII:

“El 8 de junio llegaron a Nueva España las noticias de lo ocurrido en Aranjuez los días 18 y 19 de marzo. Como por lo regular es allí el Comercio el primero que las recibe, y este gremio las celebró de un modo extraordinario, el pueblo atraído de la novedad se instruyó brevemente del motivo. Si los comerciantes celebraron con el mayor entusiasmo la exaltación de Fernando séptimo al trono y la caída de Godoy, el resto del pueblo no lo hizo menos. Por todas las calles y plazas no se oía otra cosa que vivas y aclamaciones. La curiosidad más placentera se notaba hasta en la misma plebe: al oír los papeles públicos que contenían aquellos sucesos, [gritar] Viva Fernando séptimo, Viva España, era común hasta en los niños”.

«En este estado de general alegría -continúa el redactor de la Gaceta de México- dexé a México y partí para San Agustín de las Cuevas, donde se hallaba el Virrei Don José Iturrigaray». El Virrey no quiso darle autorización para que publicase las noticias en la Gaceta. Era comprensible, pues había sido favorecido por Godoy y no tenía ninguna seguridad del futuro que le esperaba en las nuevas circunstancias. Iturrigaray quería ganar tiempo. La gente estaba muy extrañada de que no se hubiera mandado celebrar oficialmente las buenas noticias y se «murmuraba sobre eso». A los tres días, «hubo repique y Misa de gracias» y se mandó publicar en la Gaceta «que, por ocupaciones de la santa catedral, no se había hecho antes…». Lo cual era falso, y los canónigos protestaron. No se había celebrado antes por las vacilaciones del Virrey. «Desde aquella fecha comenzó a opinarse sobre la fidelidad del Virrei. las gentes que carecían de conocimientos políticos decían sencillamente: El virrei no quiere a nuestro Soberano…». Mientras tanto, Iturrigaray «no se explicaba en sus tertulias en el orden que se esperaba como primer Jefe». Pero nuevas noticias iban a dar oxígeno al Virrey en su estrategia dilatoria: «Por desgracia llegó la barca Ventura con las Abdicaciones de Bayona». Los jefes del partido independentista empezaron a moverse rápidamente. Se dieron situaciones estrambóticas: «No pasaron  muchos días sin que se presentase un Indio diciendo que era descendiente por línea recta del Emperador Moctezuma; que en virtud de no haber ya Soberano en España, le tocaba la corona del Imperio Mexicano».
Apostilla López: «Los malos criollos querían dar grande importancia a esa solicitud». Pero pocos días después se vio que los indios no querían saber nada de aquel pretendido monarca: «La cosa quedó en nada en punto a los indios». Continuaron los manejos. «La tarde del 18 de julio vimos salir de las Casas Capitulares al Ayuntamiento [la corporación]. Dirigióse al palacio virreinal rodeado de una numerosa plebe que vitoreaba». El gentío daba gritos de ¡Viva el Rey! ¡Viva España!, «prueba evidente de que la masa del pueblo estaba sana», concluye López. «El 20 se supo que el Cabildo había llevado una representación, la que contenía en sustancia que respecto de faltar el Soberano, había recaído la soberanía en el pueblo: que la nobilísima ciudad lo representaba, y así debían quedar abolidas todas las autoridades, hasta no recibir nueva investidura del Cabildo».
Como apunta López Cancelada, el Virrey, al escuchar la desproporcionada declaración, completamente ajena al sentir popular, le dio alas. Si interiormente no hubiera desistido, «con sólo amenazarles hubiera sido bastante para cortar al primer paso los daños que después se han experimentado en contra de la España». Las cosas estaban en ese punto muerto «hasta que el 29 de julio llegaron agradables noticias de haberse levantado en masa la Nación española contra los franceses». ¿Cuál fue la reacción popular de los mexicanos al conocer las novedades?:

“Apenas fue enterado de ello el pueblo mexicano por los repiques y salvas, parecía haber perdido el juicio. Jamás había visto México un torrente igual de alegría en todos sus habitantes. Los malintencionados se admiraron al ver que no había más que una voz a favor del Rei y de la España. No hubo remedio: todos recelaron hacerse sospechosos y todos tuvieron que mezclarse con el pueblo en sus alegrías. Los buenos fundaron una total esperanza de que habían acabado sus proyectos. El virrey y el Cabildo, testigos de vista por tres días, no podían menos que cambiar de designios por el cambio repentino de circunstancias.”

Pero añade el periodista: «¡Ah! Si desde aquel momento no hubiera dado un paso el Virei que no fuese en todo conforme con la inocente fraternidad de aquel leal pueblo que él mismo había observado, no lloraríamos ahora la sangre que derrama».

iturrigaray

 Virrey José Joaquín Vicente de Iturrigaray y Aróstegui

El cabildo, dirigido por la minoría revolucionaria, estaba resuelto a no cejar, aunque tuviera que cambiar de estrategia. Pidió la constitución de una junta, lo que en principio no ofrecía dificultad alguna, dadas las excepcionales circunstancias. Sin embargo, los oidores, conociendo los propósitos del cabildo, «contestaron que jamás consentirían se formase la Junta bajo los principios que solicitaba el Cabildo». El Virrey los ignoró y los oidores «protestaron no ser responsables de sus resultas». Explica el autor de La verdad sabida que:

“la solicitud del cabildo era puntualmente en aquella fecha lo que pusieron en práctica Caracas, Buenos Aires y Santa Fe: que se formase una Junta de todos los cuerpos principales. Que ésta debía de dar todos los empleos civiles, militares y eclesiásticos, y que había de ejercer la soberanía en todos los asuntos que estaban sujetos a la decisión del Rei durante su impedimento.”

Según el periodista, una medida de esa envergadura tenía sentido en zonas donde la gravedad de la situación lo demandase, pero dada la tranquilidad y unidad del pueblo novohispano en el sometimiento de los derechos del Rey y en apoyo a los españoles alzados en la península, no sólo no había fundamento para establecerla, sino que significaba crear artificialmente el desconcierto en la población. En apariencia se echaba mano de una medida exteriormente conforme con la tradición política castellana, pero bajo ese expediente se escondía la intencionalidad de una minoría que deseaba hacer prender la mecha de la secesión.
Al constituirse finalmente la Junta de México, los componentes, «un crecido número de personas europeas y americanas», no resolvieron otra cosa «que la pronta jura de Fernando séptimo». Sin embargo, el acta de lo acordado «no es en nada conforme con lo que se acordó (a excepción de que se proclamase al Rei). El Virrei fue el dictador de todas aquellas palabras sueltas». Comenzaba a aplicarse la táctica de «ahogar a favor de la corriente» por parte del Virrey y de la minoría separatista. Resultaba imposible negar abiertamente la obediencia -por lo demás, mera disponibilidad- al Rey cautivo, pero se trataba de ir guiando el cambio de la opinión general con sutiles añagazas.
El 13 de agosto se juró la fidelidad al monarca prisionero. «El pueblo repitió la sinceridad de sus afectos: su amado Fernando séptimo hacía las delicias de sus diversiones. En el pecho o en el sombrero no había ninguno que quisiera andar sin esta real divisa. Los adornos de las casas y las iluminaciones fueron magníficas». La gente había identificado en el nuevo Rey todas sus esperanzas tras años de desgobierno y el hecho de saberlo cautivo lo aureolaba todavía más. En las Fiestas de la Jura, los plateros de México habían realizado un majestuoso retrato que presidía los actos:

“La riqueza que rodeaba aquel retrato del Soberano sorprendía a los espectadores. Éstos lloraban al considerar a su jovencito Rei cautivo. Yo presencié estas tiernas lágrimas y juraré siempre que eran hijas del afecto y de la sinceridad de aquellos habitantes. Siento por lo mismo la mayor repugnancia en tener que explicar el extravío de una parte de ellos, aunque fue movida (¡quién lo creyera!) por los mismos principales jefes.”

Sospechosamente, comenzaron a sucederse puntuales tumultos y aparecieron pasquines contra los europeos. El Virrey daba todas las seguridades de palabra, pero interiormente estaba persuadido de que «España no podía resistir al poder de Bonaparte. Fernando séptimo jamás volvería a su trono. La nación española no tenía cabezas que la pudiese gobernar y los que pensaban lo contrario eran unos locos». El escepticismo y la pusilanimidad de Iturrigaray sirvieron para dar calor y cuerpo al partido secesionista. Conocedores de la pusilánime condición del Virrey, los miembros del cabildo le recordaban que en cualquier momento podía llegar de la Península el nombramiento de un nuevo virrey, ya fuera por Murat o por las juntas. Conforme pasaban los días, la pasividad del Virrey alimentaba un sentimiento de desamparo que fue aprovechado por los provocadores, generando un clima de enfrentamiento entre los habitantes de la ciudad provenientes de la Península y los criollos. Mientras tanto, en el interior del virreinato, se sucedían los festejos y demostraciones de afecto por el Rey.
El propósito de los separatistas encontró nueva ocasión favorable con la visita de don Manuel Francisco de Jáuregui y de Don Juan Rabat, dos delegados de la Junta de Sevilla, que se habían declarado Junta Suprema de España. En nombre de una regencia de Fernando VII instituida por esa Junta, traían facultades para sustituir a las autoridades nombradas por el odiado Godoy que no se adhiriesen al nuevo Rey y a la regencia. Así se iba a proceder a esa adhesión, cuando el 31 de agosto «llegaron pliegos de la Junta de Asturias, constituida en Londres, solicitando también el reconocimiento como Junta Suprema. En presencia del cisma, tanto el virrey como los criollos tuvieron argumentos para convencer a los Oidores de la conveniencia del no reconocimiento hasta tanto no se aclarase la situación», explica el historiador y magistrado Felipe Tena Ramírez. Cada una de estas circunstancias era hábilmente aprovechada por los rebeldes. Llegados a este punto, ya contaban a su favor con el anhelo del pueblo de que se estableciese un Gobierno firme y estable, dadas las muestras de incertidumbre y de desgobierno que había dado el Virrey. Todas aquellas disensiones debilitaban el entusiasmo popular por la causa real y hacían aflorar los viejos agravios no olvidados de los malos Gobiernos. Los criollos secesionistas sabían que había que evitar reconocer a ninguna Junta ibérica, lo que significaba escenificar una primera ruptura política con España.
Mientras tanto, los novohispanos fieles a la Corona tampoco se estaban quietos. Conocidos los manejos de los separatistas, propusieron a un notable, don Gabriel de Yermo, que aceptara la arriesgada tarea de acaudillar a los deseosos de continuar unidos a España y dar un golpe de mano que arrebatase el poder al Virrey. Así lo efectuaron el 15 de septiembre, y el 16 se hacía una proclama pública en la que se daba cuenta de los sucesos y se anunciaba al pueblo que el señor arzobispo y otras autoridades habían reconocido al mariscal de campo don Pedro Garibay como jefe político y nuevo virrey: «Sosegaos, estad tranquilos, os manda por ahora un jefe acreditado y a quien conocéis por su probidad». Una semana más tarde enviaban al depuesto Iturrigaray con su familia al castillo de San Juan de Ulúa, para partir de vuelta a Europa, En su camino a Veracruz, el pueblo le increpaba y querían agredirle por su deslealtad al Rey. El 6 de diciembre, cuando se le unió su esposa, partieron definitivamente para la Península. El nuevo Gobierno, así constituido, se había formalizado contra todas las Leyes de Indias y los derechos forales, de modo que este golpe de mano supuso una victoria pírrica. Los derrotados secesionistas, que ya habían plantado en el pueblo el germen de su ideal, se presentaban como víctimas de aquella violación de la legalidad, lo que iba a incrementar su ascendiente popular. Luego vendrían «el grito de Dolores» y la guerra sangrienta entre españoles en la Nueva España. Guerra inútil, pues finalmente los insurgentes lograron la independencia tras el acuerdo del realista Iturbide y del insurgente Guerrero, de 21 de febrero de 1821, el Acuerdo de Iguala.
Este ejemplo ilustra la rápida evolución, en aquellas complejas circunstancias, del sentimiento popular de los españoles americanos. Sentimiento que en breve lapso de tiempo transita del entusiasmo y el delirio por la coronación de Fernando VII hasta desasosiego y la guerra a muerte contra lo español. Dos cosas quedan claras ante este cuadro: que el independentismo no era un brote fatal ni genuino del suelo americano, sino más bien inoculado y adventicio; y que el nervio político del pueblo americano estaba exangüe y reducido en su mayor parte a pasional sentimiento hispano.

 

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Fernando VII

Tomado del libro: “Españoles que no pudieron serlo” (páginas. 153-159). José Antonio Ullate.

 

 

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