Dos clases de limosna

“Semper enim pauperes habetis vobiscum”
San Marcos, cap. XIV, v. 7.

Siempre, efectivamente, habrá pobres entre nosotros, y nunca ha de faltarle materia para ejercer la caridad al corazón compasivo.
El pauperismo es una llaga social, que en ciertas comarcas y populosas ciudades presenta aterrador aspecto y preocupa las inteligencias de los más hábiles estadistas.
¡Cosa admirable! el sabio es impotente para la resolución de tan arduo negocio, y cualquier Cura de aldea lo mira, hace siglos resuelto. «contra pobreza, caridad,» dice su fórmula, y refiere la historia y acredita la experiencia, que cuantas veces se ha puesto en práctica este aforismo, otras tantas ha sido, ultimado satisfactoriamente el asunto.
La verdadera caridad, esto es, la benevolencia y la beneficencia por Dios y para con el prójimo, no hay lágrima que no enjugue, dolor que no alivie, ni miseria que no haga desaparecer. Sin embargo, para que sea verdaderamente fructífera, conviene ejercerla con oportunidad y discreción grandes.
Recuerdo a este propósito dos escenas que presento, frente a frente, a fin de que resalte mi pensamiento.

II

Ciertas familias, piadosas y acomodadas, de capitales de segundo y de tercer orden, tienen la loable costumbre de dar limosna una o dos veces por semana. Los mendigos de la ciudad y del contorno lo saben perfectamente, y, horas antes de la señalada al efecto, van acudiendo de uno en uno y agrupándose junto a la puerta de la casa. La calle se llena poco a poco de pordioseros de todas edades y tipos. Curioso e instructivo es observarlos a través de alguna celosía y oírles antes y después de repartirse la limosna.
Empiezan por murmurar, que es una bendición, de todo el mundo; pero especialmente de la familia y criados que los socorren. Refunfuñan, discuten, disputan, se acaloran, riñen, se insultan y mueven a veces algarabía infernal, llenándose unos a otros de improperios. El menor ruido que de la casa caritativa parte, apacigua el gallinero; se agrupan todos en la puerta y hacen pasar las penas del purgatorio al infeliz que ha tenido la malhadada ocurrencia de entrar o salir en aquellos momentos. Si no es el que habitualmente reparte la limosna, vuelta a separarse, a murmurar de nuevo, a reñir y a gritar.
Tan poco edificante espectáculo cesa con la aparición del limosnero, cargo que de derecho corresponde al mayordomo o criado más antiguo de la casa. Lleva en la mano un capacito lleno de calderilla, se planta en la puerta, obliga a los pobres todos a que ocupen su derecha y de uno en uno van pasando a la izquierda, recibiendo una moneda y marchándose calle abajo. No falta quien a todo correr da la vuelta a la manzana y llega todavía a tiempo para tomar segunda limosna.
Aquella caritativa familia administra perfectamente sus riquezas, distribuyendo parte entre los pobres. En el fondo, la acción es en alto grado meritoria y digna de aplausos, más ¿y los resultados? Algunos pobres hacen digno empleo de las monedas recibidas; pero muchos, la mayor parte quizás, prescindiendo de sus más apremiantes necesidades naturales, las invierten en satisfacer sus vicios. No exagero: hablo con perfecto conocimiento de causa. Pocos segundos después, aquellos ochavos se han convertido en cigarros, vino, aguardiente, azúcar y chocolate.
¿De qué manera evitarlo?

III

Seguidme y cambiemos de escena y escenario.
No se trata de una ciudad: estamos en cierto lugarejo insignificante de la Sierra de Albarracín.
También hay pobres entre sus moradores, y tampoco faltan ricos caritativos. Las relaciones entre aquellos y estos, son allí más íntimas, pues no separa a unos de otros, como en las grandes ciudades esa barrera ficticia de consideraciones, orgullo, fausto y etiquetas mundanas que sólo borra la caridad.
Momentos antes de mediodía, la plazuela de la mejor casa del pueblo presenta original aspecto. Mucho pobres hormiguean bajo el añejo olmo, que da sombra a la puerta ¡Contraste notable el de la miseria tanta frente a la casa más rica del lugar! La primera campanada de las doce suena en las alturas del viejo y erguido campanario.
Aparece en el umbral de la puerta la dueña de casa, señora entrada en años, de tan distinguido porte como sencillo traje y modesto aspecto. Tras ella viene la criada con una cesta, de las allí llamadas de horno, llena de grandes pedazos de pan.
Al ver a su señora, los pobres se descubren con respeto y la rodean solícitos, dándola entre dientes los buenos días.
Tocan a la oración en la vecina torre, y la señora recita el Angelus, contestando religiosamente los menesterosos.
– Vamos, hijos (dice al concluir la primera), cada día venís en mayor número.
– ¿Sabe usté qué es doña Casilda? que acuden forasteros como moscas- contesta una muchacha pizpireta, a cuyas faldas van asidos dos pequeñuelos hermanos suyos, mientras otros dos, más pequeños todavía pesan el uno sobre sus espaldas y el otro sobre su brazo.
– ¡Habladora! – murmura una anciana.
– Calla, mujer, calla, que tan pobres son los forasteros como los del lugar, y aunque ellos pidan no faltará lo tuyo (advierte doña Casilda). Me parece que eres envidiosa: pues sábete que Dios castiga también a los pobres de malos sentimientos.
– Yo no lo dije…
– Ya lo sé, mujer, ya; pero es preciso que dentro de vuestra pobreza os ayudéis los unos a los otros, a lo menos queriéndoos como hermanos. Ea, entrad, y el que necesite otra cosa que espere.
La turba se precipita en el zaguán, y colocándose doña Casilda en la puerta, les hace salir de uno en uno, dando a todos, sin excluir a los niños de pecho, su mendrugo correspondiente. Espectáculo edificante y encantador era ver la caridad con que aquella anciana repartía por su mano el pan de la limosna. Gustosa se había impuesto la obligación de desempeñar diariamente y a la hora dicha tan impertinente tarea; pero lo hacía con tan ardoroso espíritu evangélico, que difícilmente puede darse de ello idea exacta: lo intentaré, no obstante.
– ¿Cómo sigue tu madre, Cayetano?
– Mejorcica, señora; me ha dicho que ya puede comer y que si quería usted darme su cantero de pan… Como ella no puede venir
– Vamos, toma dos, uno para ti, y otro para tu madre. Dile que se cuide mucho y que no salga de la casa hasta que esté buena del todo, que luego pasaré yo a ver lo que necesita.- Pues, hija, no traes tu pocos: ¿todos son hermanos tuyos?
– Sí, señora, y cinco más que se han muerto.
– ¡Que bendición de Dios! ¿Van a la escuela? Y tú, ¿vas a costura?
– Estos sí, señora; pero yo, como tengo que quedarme a cuidar de los críos…
– Válgame Dios, de seguro ni siquiera sabes el Padre nuestro.
– Algo hay de eso, señora; pero como no puedo ir…
– Pues mira, ven aquí alguna tarde con los pequeños y, mientras hago labor, te iré enseñando el Catecismo poquito a poco.
– Bien está, señora, y Dios se lo pague a usté.
-¿De dónde es usted,buen viejo?
– De un pueblo del reino que le dicen Benirráfol.
– Pues entonces ¿conocerá usted al Secretario?
– Sí, señora, demasiado que le conozco… ¡Ya es buena pieza!
– Vamos, no murmure usted, que es pecado feo.- Mira que sucio llevan a este angelito: ven que te limpie esa cara. (Y haciéndole mil caricias, lo limpia con su propio pañuelo y lo besa).
¿Qué es lo que quieres, hijito, qué es lo que quieres?
– Tengo hambre.
– ¿Tienes hambre? Toma, toma pan y este caramelo: cómetelo hijo mío, cómetelo.
Y conversando con todos ellos, salen del zaguán a la calle, de uno en uno, en tanto que el pan deja también la cesta, reemplazada inmediatamente con otra prevenida al efecto.
Terminada la generosa distribución, muchos de los socorridos continúan en la plazuela y empieza entonces interrogatorio diferente y pordiosero de otro género.
Éste pide unos zapaticos viejos, aquél una camisa, el de más allá unto para hacerle unas sopicas a su madre desganá; el uno saín de gallina o vino dulce para remedio, el otro un huesecico rancio para puchero de enfermo y cien cosas más que omito para no importunar al lector.
Doña Casilda, con caridad entusiasta como discreta y prudente, da a unos, niega a otros, promete a este, reprende a aquel y reparte, en fin, tan amorosa y sabiamente la limosna, que los pobres quedan todos contentos y la limosnera tranquila con la seguridad de que ninguno de los socorridos ha de emplear malamente el socorro

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IV

No todos pueden hacer lo que doña Casilda; pero si los ricos no hubiesen abandonado el campo, trasladándose en busca de materiales goces a las grandes poblaciones, donde malgastan miserablemente sus riquezas; y si el sacro fuego de la caridad cristiana ardiese todavía en sus pechos, el pauperismo no sería para las sociedades modernas enfermedad tan aterradora como incurable.

Tomado de “Páginas edificantes” (páginas: 7-15) Manuel Polo y Peyrolón.

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