¿Hablemos de Religión?

Sí, amigo mío, querido lector, en cuyas manos por casualidad, o mejor, por especial disposición de Dios, ha caído este papelejo, hablemos de Religión; siquiera esta vez, siquiera por un cuarto de hora, siquiera cinco minutos… ¡Es tan corta la vida! ¡Es tan rápido el paso de la muerte! ¡Es tan serio lo que se viene después!
¿Crees en Dios? -Paréceme que sí, me contestas de mal humor, como si la pregunta fuese una impertinencia de mal gusto. ¿Tienes alma? Tal vez me dirás que te has ocupado muy poco de ella. Pues bien, te diré colocándome por un momento a nivel de tus dudas y descreimiento; ¡puede que exista Dios! ¡puede que tengas alma! ¡puede que haya otra vida! ¿Y no vale la pena de que te detengas un momento en resolver estas formidables cuestiones? Óyeme, pues. Para tranquilizar tu alma, para asegurar su suerte, hablemos de Religión.¿Y en que otra cosa pudieras ocuparte que te fuese más personal y propia y que tuviese para ti mayor importancia?. Nada de lo que en el mundo ocurre es tan tuyo ni depende tanto de ti como tu propia alma. Sin ti seguirá su curso la política; sin ti progresarán la industria y la ciencia; sin ti se mantendrá a igual altura el comercio nacional; hasta sin ti se sostendrá tu casa, y hasta, por muy doloroso que te sea pensarlo, sin ti se pasará tu mujer y vivirán tus hijos. ¿Por ventura no vives sin notar ya la falta de tus abuelos y ascendientes? En cuanto hayas cerrado lo ojos a la vida, se llorará unos días tu muerte, se recordarán con ternura tus palabras, se hará frecuente mención de tus actos. Sí, hasta habrá quien te conserve en su corazón como un dulce recuerdo. Pero aún en el propio día de tu muerte el sol hará su curso acostumbrado sin apercibirse de tu falta; las gentes bullirán como siempre en sus negocios sin notar el hueco que has dejado: y pocos años después los que más te han amado y te han llorado… reirán, divertiránse, celebrarán sus fiestas y regocijos, exactamente como si tú no faltases en este mundo, como si nunca hubiesen llorado.
En tanto, es cierto, ciertísimo que nada tiene importancia verdadera para ti sino tú, que nada debe interesarte sino lo que a ti propio se refiere. -¿Queréis hacerme egoísta? me dirás. -Egoísta, si, amigo mío, egoísta y avaro de tu eterna felicidad, y ¡ay de quien no empiece por mirar las cosas bajo el punto de vista de este sublime egoísmo! Ay de quien no empiece por mirar primero por su propia alma! Todo el mundo prescindirá de ti, amigo mío; por fuerza habrás de prescindir tú de todo el mundo. De quien nunca podrás prescindir será de la muerte, de Dios y de tu propia alma.
Ahora bien. Para llevar a ésta en completa seguridad sólo hay una guía que sepa el camino: es la Religión, que es lo más exclusivamente tuyo. ¿No es verdad, amigo mío? Hablemos de Religión.
Pero no sólo por lo que interesa a tu suerte eterna has de ocuparte en este punto, sino aún por lo que mira a tu bienestar temporal. Tienes deberes que cumplir como hombre, como ciudadano, como esposo, como padre, y esos deberes cuyo cumplimiento constituye el orden social, la paz doméstica y el sosiego del corazón, no te los enseñarán ni en el casino, donde matas las horas; ni en el club, donde exaltas tus pasiones por cosas que no valen dos cuartos; ni en el garito, donde arriesgas tu hacienda, tu honra y tu alma.
Esos deberes no te los enseñará el libro perverso, que sólo halaga las groserías de la carne; ni el periódico impío, que sólo te predica la rebeldía contra la autoridad de Dios y de la ley; ni el falso amigo, que no sabe más que azuzar tus malos instintos. Para aprender esos deberes poco vale la enseñanza de la Universidad o la de los libros de ciencia humana. Se puede saber mucha física, mucha historia, muchas leyes, mucha medicina y muchas matemáticas, y ser un ignorante en la ciencia de esos deberes, y saber menos que un niño, menos que la más atrasada mujer. Esos deberes sólo hay una ciencia que los enseñe: la ciencia de la Religión. Y al que no posee esta indispensable ciencia, ¿qué le importará saber todas las demás? ¿Qué le importará ser buen trabajador en un arte u oficio si es mal padre? ¿Qué le valdrá ser famoso médico o abogado si es perverso esposo? ¿Qué le servirá ser matemático o astrónomo sutil si es infiel cristiano? No hablo ya de tu suerte eterna, que eso es lo principal; pero aún tu bienestar temporal depende de este punto. Porque no es más feliz en este mundo el más sabio, el más rico o el más poderoso, sino el más bueno. ¿Y quién ha de enseñarte a serlo sino la Religión? ¿Por qué no habíamos, pues, de hablar así, tú y yo, a solas los dos, unos breves momentos de Religión, ¿no es verdad, amigo mío? Hablemos de Religión.
Pero aún cuando pudieses sin Religión conocer tus deberes, es absolutamente cierto que sin Religión no podrías practicarlos. Y deberes que sólo se conocen y nunca se practican, no sirven más que para darle al corazón mayor desasosiego y remordimiento. Necesitas, pues de la Religión para practicarlos. ¿Sabes por qué? Óyeme, y me darás la razón.
El cumplimiento del deber es a veces espinoso y topa con varias dificultades. Para cumplir ciertos deberes es necesario vencerse a sí propio, vencer respetos humanos, vencer intereses personales, resignarse a injustas persecuciones. Y para vencer a estos enemigos se hace preciso luchar, y para luchar en estas luchas es necesaria cierta fortaleza y buen temple de ánimo, y esta fortaleza y buen temple de ánimo no los da sino la Religión.
Desengáñate, amigo; sin Religión, y Religión firme y probada, es imposible siquiera atajar un mal deseo, perdonar una injuria, abstenerte de una venganza, etc. La condición del hombre es de suyo inclinada poderosamente al mal; para obrarlo bástale un pequeño impulso, ¡cae! sin impulso siquiera, por su propio peso se va a él, como el acero a un poderoso imán. Mas para apartarse del mal y para dirigirse al bien ¡ah! ¡cuántos esfuerzos son necesarios! Consejos, preceptos, temor, esperanza, toques interiores de Dios, todo, todo se necesita, y aún a veces es tan rebelde nuestra soberana voluntad, que nada de esto basta. Dime, pues; estos auxiliares que necesitas para obrar bien y evitar el mal, estos contrapesos con que has de equilibrar el desequilibrio de tu corrompida naturaleza, estos consejos, estos alientos, estas esperanzas del cielo, estos temores de infierno, estas ilustraciones de Dios, estas aldabadas de su gracia, ¿quién te las proporcionará sino la Religión, única que las posee? Con tal fuerte atracción para el mal y tan escasa atracción para el bien, en medio de la brava oleada de este mundo, amigo mío, eres hombre al agua sin remedio si no te mantiene a flote o no te saca a la orilla la mano de la Religión. Te hundes, te hundes sin este celestial salvavidas. Importa, pues, practicar la Religión, y para esto importa antes conocerla. ¿Hablemos, pues de Religión, amigo mío? Sí, hablemos de Religión.
Puede ser que conozcas de ella lo suficiente para tu uso particular; puede ser, no obstante, que no la conozcas como debe ser en el día de hoy conocida. Distintos son los deberes del ciudadano en tiempo de paz o en tiempo de guerra. En tiempo de paz bástale estarse muy quieto en su casa y tener a ciertas horas bien atrancada la puerta de ella; en tiempo de guerra se le hace necesario además proveerse de buena arma y buenas municiones para, si se ve atacado, defenderla. Aplica el caso. Distintos son los deberes del católico en tiempos de paz o en tiempos de persecución. En aquellos, bástale conocer de su fe lo preciso para cumplir sus preceptos; en éstos tócale además estar enterado de ella para saber sostenerla contra sus impugnadores. ¡Qué vergüenza! ¡Crees en Dios, y no sabes qué responder a quien te llama por eso mentecato! ¡Crees en la Iglesia, y no hallas un tapabocas para el insolente que por esto te llama neo! ¡Observas, quizá muy al por menor, todos los Mandamientos, e ignoras de qué modo se responde al libertino que se mofa de ellos! ¿Y tú eres católico? Sí, lo eres, pobre amigo mío, pero no como conviene serlo hoy; eres soldado, pero soldado desarmado en medio de enemigos es soldado vencido y prisionero.
-Ya lo veo, es necesario instruirse en algunas cosas… pero hombre…
-Te entiendo, amigo mío; necesitas quien te hable de esas cosas del modo que puedas tú comprenderlas, a la pata llana, sin elocuencias retumbantes, sin argumentos traídos de tan lejos que se pierdan de vista. Eso necesitas, ¿no es verdad? Pues a eso me ofrezco yo en lo que valga, y Dios hará lo demás. Acércate y escucha, y hablaremos de Religión.
Y luego lo que te he dicho yo a ti en la dulce intimidad y secreto de estas conferencias, eso le dirás a tu hijo o lo referirás a tu amigo, o lo sacarás a relucir en tus conversaciones, o lo aprovecharás de cualquier otro modo que te depare la fortuna o te inspire la caridad, y con tan modesta y diminuta librería puedes llegar a ser, amigo mío… no te envanezcas del título… un apóstol, sí, un verdadero apóstol de tus hermanos. Y cuán dichoso tú, si, no contento con defenderte del error, sabes tomar contra él una vigorosa ofensiva para arrancarlo del corazón del prójimo y hacer otra vez reinar en él la verdad, la hermosa verdad, que tal vez por análogos procedimientos fue de allí arrancada! Sí, porque las grandes conversaciones, después de Dios, principal resorte de ellas, son hijas muchas veces de una casualidad (así la llaman las gentes), de una palabra que se oyó, de una atinada observación que se hizo, de un caso oportunamente referido, porque la gracia es sutil, y poca cosa necesita para abrir brecha en nuestras almas, cuando Dios la sopla. Y ¿quién sabe si una palabra tuya o un librito de estos habrán de ser ocasión o instrumento un día de alguna de esas secretas conquistas? ¿Con que no te seduce el plan? Vaya, pues, amigo mío, acercate un rato: hablemos de Religión.
De fijo dedicas cada día un rato a la lectura del periódico político que te calienta la cabeza o te pervierte el corazón, o cuando menos te roba un tiempo precioso.
Tal vez se te pasan las horas muertas con un bendita novela que alborota tus nervios o fatiga tu imaginación, llenándola de vanas si no de culpables ilusiones.
Quizá pierdes un tiempo precioso en el café, charlando con cuatro amigos de lo que no entiendes, arreglando a tu sabor la descompuesta máquina del mundo, o murmurando de tu prójimo, o lo que fuera peor, saboreando el atractivo de escandalosa conversación.
O puede que tal vez hasta te fastidies sin saber en qué matar el tiempo que te dejan libre tus ocupaciones, o en la larga velada de invierno, o en la pesada tarde de verano, o en el día de mal humor, o en las horas monótonas de viaje…
Óyeme, pues, para tales casos me ofrezco a ser tu amigo y a darte por medio de opúsculos como el presente, si no a sabia, a lo menos cariñosa y provechosísima conversación. Tráeme en el bolsillo, aunque sea entre los fósforos y la petaca. Ténme en tu taller, aunque sea revuelto entre las herramientas del oficio; concédeme un rincón en tu hogar, aunque sea entre los cacharros de la cocina. Y con tus amigos y tu familia, ríete de mí y búrlate y critícame y muérdeme y desuéllame… con tal que me oigas.
Quizá un día, lector o lectora, pobre o rico, rudo o sabio, niño o viejo, quizá algún día… no te duela, sino que te alegre y regocije el alma, el que te haya hablado yo de Religión. ¡Quien sabe!
Con que, vamos al fin: para hoy y algunas otras veces, ¿aceptas el trato, amigo mío? ¿Hablemos de Religión?

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“Alegoría de la muerte” Pinacoteca de “La Profesa”.

Tomado de “Propaganda Católica” (páginas 7-12) Tomo I. D. Félix Sardá y Salvany.

 

 

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