Septiembre: Mes de los siete dolores de la Virgen

A pesar de la parafernalia y propaganda que año con año el gobierno ilegítimo: servidor del Estado-Nación mexicano afianza con la idolatría a la bandera de la revolución y sus principios, reforzando además, esa confusión romántica con sus palabrerías huecas a los habitantes de nuestra nación de manera tan necesaria para conservar: la unión (usando los términos trigarantistas) en la idolatría de la confusión, una falsa religión antropocentrista propia de la modernidad en sus más distintas formas, y la independencia no sólo la que se dio histórica- política respecto a la metrópoli sino también con el laicismo proveniente de su misma naturaleza. Muy a pesar de todo este esfuerzo, es evidente que no es posible ocultar que el día 15 se celebra a Nuestra Señora de los Dolores, no es posible desdeñar las lágrimas de Nuestra Señora que nos lo recordó de nuevo un 19 de septiembre en La Salette y hace 100 años en Fátima; quien se empeñe en olvidarlo, y siendo nuestra Nación, aquella que escogió para su heredad, nos lo recordará hasta echando mano de los desastres naturales, en específico el sismo de 1985 y estos dos últimos más recientes.
Son siete los dolores que ella padeció estando en este mundo y estando su Santa Imagen en el Cerro del Tepeyac; es del todo razonable que haya padecido (y aún lo hace más que nunca) con nosotros a lo largo de nuestra historia y más todavía en estos últimos 200 años de sometimiento a las tinieblas casi de manera total.

Analogía de los siete dolores de la Virgen:

Primer Dolor: El levantamiento de la insurgencia.

Aunque no logró el cometido que se propuso, fue un funesto augurio de lo que se avecinaba, como lo fue la profecía de Simeón en la Presentación del Niño Jesús en Jerusalén. Una espada sin duda traspasó el Inmaculado Corazón al ver el mal uso que los Ministros de su Hijo (Hidalgo y Morelos) daban a su Santa Imagen para promover el odio entre razas mintiendo al pueblo sobre una falsa lealtad al Rey, anticipando además los vientos comunistas de lo que sería la lucha de clases que tanto estrago causaría a la humanidad misma y que denunciaría en Fátima.

Segundo Dolor: la secesión de la Patria.

La traición iturbidista y la invención de un “imperio católico mexicano” completamente falso y que sólo sirvió para acelerar los planes de los enemigos de la Iglesia de su Hijo, razón por la cual, el Patronato Regio Indiano establecido en las Bulas Alejandrinas con el sano sentido de donación:

“la concepción única con que podían y deben interpretarse las grandes bulas de Alejandro VI: el Papa ni pudo dar en ellas a los reyes de Castilla el dominio y soberanía directas sobre los Indios, sino la exclusiva de predicación sobre las tierras descubiertas y disfrute exclusivo de los beneficios políticos y comerciales que de la protección y defensa de la fe en el nuevo mundo se siguieran…”

Pedro de Leturia “Relaciones entre la Santa Sede e Hispanoamérica”.

además por la destrucción de la soberanía social (al implantar el modelo de Montesquieu), tuvo que abandonar el país a emulación de la Sagrada Familia con la huida a Egipto, y como esta, la Iglesia vuelve al México “independiente” pero ya no para ser Adorada por los Reyes Magos, sino para vivir oculta y con su papel bajo asedio del Herodes Poinsett; es justo esto, la segunda espada que traspasó su Corazón al ver cómo las logias masónicas se apoderaban de las riendas del control político.

Tercer Dolor: la mutilación del territorio.

La invasión norteamericana provocó no sólo pérdidas territoriales, evidenció además la farsa de los politiqueros de la república, la rápida desmoralización de la población; la nación en su desesperación se hallaba perdida, pero no sólo económicamente o moralmente sino que espiritualmente se perdieron las almas católicas que vivían allí tanto a nivel individual como a nivel institucional, a cambio, una protestantización del norte del territorio y a semejanza de la que sufrió Nuestra Madre con la pérdida del Niño Jesús, lo sufrió el territorio con la pérdida de la esperanza de encontrar el rumbo de un Orden Cristiano.

Cuarto Dolor: instauración del laicismo jacobino.

Con la promulgación de las “leyes” de Reforma, la destrucción de los Conventos de la Capital del País, y la disolución de las Órdenes religiosas se perdió la mente preclara de los sabios, los tesoros de libros y reliquias y donaciones de trescientos años a la Iglesia fueron repartidas como botín entre los piratas liberales, y descaradamente anunciaban la suspensión de pagos de deudas externas por “falta de recursos”. La tercera espada es pues: el viacrucis del abandono de las misiones de tantos hombres de Dios, quienes con sus oraciones, aplacaban la ira divina. ¡Una renovación del Camino de la Cruz de Nuestro Señor!.

Quinto Dolor: el “malmenorismo” del porfiriato.

A cambio de concesiones del dictador que mataron el espíritu de lucha de los católicos, estos entraron en zonas de confort y se aburguesaron; sin resistir más al gobierno ilegítimo ni a las “leyes” injustas. Una sociedad católica (sobre todo) en las ciudades: si no muerta, sí moribunda y anulada, seducida por el materialismo y los espejismos del capitalismo y el “progreso”. Esta quinta espada, bien podría retratar la cobardía de los Apóstoles, quienes viendo por su propia seguridad y olvidando el:  “quien quiera salvar su vida la perderá” (Mt. 16, 25) de esa manera perdieron su vida al aceptar la muerte de Nuestro Señor en su espíritu.

Sexto Dolor: La revolución y la ira sobre la Fe.

Pero la sangre de Nuestro Señor nunca es estéril y germinó con la valentía de los Cristeros que se levantaron para defender lo más preciado; la caída de los mártires: Anacleto González Flores, P. Miguel Pro, y tantos otros que dieron la vida por Cristo Rey fueron sus cuerpos en brazos de la Virgen recibir como Su Hijo a renovar el sexto dolor, pues el camino de los mártires es el camino de Nuestro Señor.

Séptimo Dolor: La decadencia del modernismo.

Con el modernismo infiltrado en la Iglesia, la indiferencia a las súplicas de Nuestra Madre en Fátima, el triunfo de las ideologías, la masificación, la uniformidad del “no pensar”, el marxismo cultural y la tiranía de las opiniones, se asfixia como gases el campo de batalla. La sangre de los niños abortados (ahora también legalmente) clama al cielo. Este dolor es quizá el más duro, como la piedra del sepulcro de Nuestro Señor: de piedra son los corazones, de barro es la resistencia y la reacción católica en nuestro país.

De piedra es también el monumento a la Madre destruido por el más reciente terremoto simbolizando: el desprecio de la sociedad por la maternidad, el asesinato legal, y la indiferencia por lo que es noble y justo.
¡Novohispanos! que nuestro espíritu de lucha no se quede bajo los escombros, desagraviemos el Corazón Inmaculado de María, acompañémosle en sus Dolores, y esperemos con alegría el triunfo de la Reconquista y la Resurrección. Luchemos para que sea lo más pronto posible.

¡Viva Cristo Rey!
¡Viva el Reinado Social Católico!
¡Vivan las Españas!

 

 

 

 

 

 

 

 

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