Revolución

A una negrita que yo conocí la habían bautizado Blanca. A esto que ha pasado aquí lo han llamado revolución. Yo no pretendo cambiarle el nombre. Pero me gustaría que se explicase bien qué clase de revolución es, en este caso. Las palabras soportan todo; pero si uno le pierde demasiado el respeto a las palabras, nunca sabe dónde va a ir a parar su cabeza. Si empezamos por llamar revolución a la Redención de Jesucristo, mientras la gente sigue llamando revolución -y tiene derecho- a la española de Azaña, a la rusa de Lenin y a la francesa de Robespierre, no  ayudamos mucho a disipar el embrollo increíble que la mala educación ha producido en la cabeza argentina. Cuando a una palabra se le hace significar todo, acaba por no significar nada. Yo me pregunto qué definición puede abarcar a la vez la Redención de Jesucristo, la Revolución Francesa y la Revolución de Septiembre del 30. Que el vulgo bautice a sus hijos como quiera, pero los que tienen obligación de enseñar, ¡caramba!; si le traen a un cura a bautizar las quintillizas de Diligenti, que no las denomine a la brasilera Quintupleta, Pentámera, Cinquea, Fivelisa y Agripina. Que proponga los nombres cristianos de las cinco vírgenes hermanas que martirizó el juez Félix en tiempo de Diocleciano, a saber, Marta, María, Melisa, Amelia y Amaranto. El cristiano debe respetar las palabras porque cree en la Encarnación de la Palabra.
Entretanto, el pobre encargado en Cabildo de la policía de los conceptos se desespera viendo la desbandada de las palabras. Por momentos se siente tentado de refugiarse en el silencio. Su misión se vuelve aterradora en tiempos de niebla y polvareda. En otros tiempos había cantado confiadamente:

Dios no me ha dado pan que repartir
Templo que hacer ni enfermo que curar
Tan sólo la misión de ver salir
El sol cada mañana sobre el mar.
No me mandó ayudar a bien morir
Sino a saber vivir y me hizo dar
El verbo inteligible que formar
Y qué decir sabiéndolo decir…

Pero por ahora ya no sabe cómo formar y cómo decir el verbo inteligible. Ve que se está volviendo vano y hasta altamente peligroso en el medio argentino predicar doctrinas. Se ha perdido el estilo, se han falsificado los hechos, el terrible fenómeno de «la confusión de las personas» que lloraba el Dante se ha producido con caracteres universales, y no queda ninguna doctrina que no pueda ser falsificada, desde que la misma doctrina católica se falsificó en esa terrible herejía moderna llamada modernismo. La última falsificación que me han contado es una de distintivos de la Acción Católica. Francamente yo quitaría todos los distintivos de la Acción Católica, y dejaría que los católicos se distinguiesen solamente por eso: por su acción. Los receptores están tan descompuestos que usted transmite una melodía -según piensa- y ve luego con asombro que han recibido un barullo. Se malentiende lo más sencillo y se buscan alusiones personales siniestras en las tesis generales.
-¿Cómo se atreve usted a aludir irreverentemente al Super Archisinagogo del Tíbet?
– Dispense, patrón, no lo conozco, ni sabía que existía. Yo siempre hablo en tesis general, aunque naturalmente procuro hablar de la realidad. Si seguimos así, no se va a poder hablar. ¿Quién predica en un loquero?
Y sin embargo, hay una manera de predicar que vale los hechos. Hay que rogar a la luz Increada que le dé a uno la palabra que es un hecho, como dicen del Hijo de Dios, que sus hechos eran palabras y sus palabras eran hechos. Él mismo fue el Logos hecho carne, la Verdad en un cuerpo y alma de Varón, la gran Idea-Hecho que soñara Platón. Un hecho no se falsifica, él existe.
La mejor manera de predicar la fe cristiana es ser un hecho cristiano. La mejor manera de enseñar a Cristo es hacerse otro Cristo, aunque sea -si uno no puede más- un pobre cristo.
El hecho del 4 de junio consistió en un alzamiento militar con una promesa de Restauración Nacional. Mi opinión personal acerca de esa promesa es que está en un azaroso comienzo de cumplimiento. Por ahora debe seguir llamándose revolución. La Historia lo llamará un día, o bien restauración, o bien golpe de estado del 4 de junio. Pero la palabra revolución comienza a usarse en el siglo XVIII con el gran convulsión social empezada en el Golpe de Estado del Frontón (Jeu de Paume) en que el Estado Llano, miembro legal de los Estados Generales de Francia, se insubordina y se atribuye ilegalmente la soberanía o al menos la independencia de las otras instancias gubernativas. Allí comienza propiamente la Revolución Francesa, fenómeno sumamente vasto y complicado, cuyo nombre estamos aplicando por un abuso verbal a todo cuanto cambio brusco con pretensiones de profundo se verifica en la posesión de algunos de los instrumentos sociales del poder. Este abuso verbal comenzó cuando un socialista le dijo a Donoso Cortés: «Jesucristo fue el primer Revolucionario del Mundo» a lo que contestó el orador español: «Es cierto. Pero Jesucristo no derramó más sangre que la suya». Si así como era orador hubiese sido filósofo y santo, con una puntita de hombre de acción -como el padre Meinvielle- le hubiese respondido: «¡Un cuerno!». Y le hubiese escarchado la cara de un sopapo, librándolo a él de un error y librando a la humanidad para siempre de esa necedad de empastelar los conceptos, que es propia de los oradores. De los oradores socialistas, siempre; de todos los oradores a ratos.
En esa clase de revoluciones como la Revolución Francesa son especialistas los socialistas- Allí jamás los venceremos: porque ellos las inventaron. Nosotros especialistas es restauraciones y regeneraciones; las cuales en efecto se hacen con sangre propia: si lo sabré yo a estas horas. Jesucristo no revolucionó nada, ni siquiera se enteraron en la Casa de Gobierno de que había existido; quiero decir, en el Palacio de Tiberio en Capri. Jesucristo regeneró la Humanidad y «restauró todas las cosas en el cielo y en la tierra», dice San Pablo in proprio sanguine, sin cambiar ningún gobierno, sin apoderarse de los instrumentos temporales del poder, lo cual es el objeto de toda revolución, y la define. No mezclemos, pues a Jesucristo donde Él no quiso mezclarse. Y definamos el término revolución.
Sociológicamente revolución significa la revuelta de las masas contra la autoridad, y más precisamente el revuelco social de tipo democrático como la Revolución Francesa de 1789 y la Rusa de 1917. Es un fenómeno contemporáneo. En la antigüedad tales conflictos no existían, a no ser embrionariamente en algunas herejías, como los albigenses. Las revoluciones nacían entonces de una rivalidad de jefes, pasaban en el seno de una élite y el papel del pueblo o del ejército tenía carácter instrumental. Los legionarios combatían por Syla o por César. O por lo menos, si existieron levantamientos del tipo popular (Espartaco, la Jacquerie, la revuelta de los colonos alemanes), todos ellos abortaron y fueron atrozmente reprimidos, lo cual vuelve su estudio sociológico menos fértil en enseñanzas que el de las convulsiones recientes, que pudieron gracias a su triunfo madurar sus frutos. Estamos, en efecto, en la edad de oro, en que los pueblos llegados a mayor edad -«naciones núbiles» que decía Víctor Hugo- cambian ellos mismos sus destinos -tal como se lo indica un pequeño grupo de conductores, que les hacen ver qué es lo que deben hacer si deben alcanzar el Paraíso en la Tierra.
La aguja pasa y queda el hilo. Lo político pasa y queda la moral. Pero si la aguja no tiene hilo, pasa la aguja y no queda nada. Claro que no se puede coser sin aguja; pero mucho menos se puede coser sin hilo.
Así también tiene que ocurrir con este Pronunciamiento que requiere ser Restauración y provisoriamente se llama Revolución. Si tiene un contenido moral, coserá algo; si no lo tiene no coserá nada, y es muy probable que nos deje cocidos. Se convertirá en «revolución sudamericana», como dijo Augusto Comte que se convierte todo gobierno militar en América. Mejor hubiera podido decir en el mundo moderno.
Yo doy gracias a la Providencia de haber pasado dos años como interno -no como internado- em el Manicomio de Santa Ana de París, lo cual me ha habilitado enormemente a entender el mundo moderno. Según los psiquiatras hay actualmente en Buenos Aires 50.536 locos sueltos, sin contar los que no entran en las estadísticas. Este hecho simple hace sumamente peligrosas en la Argentina todas las cosas que pueden interpretarse a lo loco, empezando por las Revoluciones y acabando por las conferencias y los artículos.
Yo no niego que sea lícito dar una conferencia o escribir un artículo con greguerías o juegos de palabras en una sala de Buenos Aires, donde según el cálculo de probabilidades tiene que haber por fuerza 2 o 3 de los 50.536. Pero afirmo que hay que tener cuidado exquisito, y estar seguro de que ésa es la misión que uno tiene de Dios; porque de lo contrario puede salir algún taita de los 50.000 con una palabra atravesada, entenderla al revés, sacar un revólver y empezar a tirar tiros al aire. Hay que inventar o restaurar de nuevo las conferencias en silencio. Las conferencias en silen-cio son las buenas obras. No conoce el arte de escribir artículos el que ignora el arte de romper un artículo.
Esta meditación la hice el domingo pasado a la mañana para determinar si debía o no seguir escribiendo artículos. Como ven el resultado fue otro artículo.

Cabildo, Buenos Aires n.º 608, 16 de junio de 1944.

revolucion

Tomado del libro “Guía para sobrevivir intelectualmente al siglo XXI” Leonardo Castellani.

 

 

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